(dios nos libre del futuro)*

Es la conjugación.

Un error de tiempo.

Un problema que se estira

y se rompe 

en el medio de un hueco en espiral.

Dentro un cajón abierto

para que nada se acumule.

Para que nada se diga de más.


Ni pasado, ni presente

*

Quieto.

como si nada pudiera tocarme

como si nada pasara

y ya no hubiera forma de encajarlo en el ahora.


Como modo de estar 

y de escapar en simultáneo.

Cómodo en cada esquina al mismo tiempo.

Me quedo ahí.

Sin poder quedarme.

Donde todo se desarma 

cuando lo creo propio 

y extraño.

Tan repleto de nada.


Por eso mismo

conjugar sería un error

que no quiero cometer.

Entonces lo dejo ahí

sostenido en escala de grises.

Sin presente

tampoco recuerdo

sin corrección posible.

Velocidad/Frenesí

Lo acepto

no hay opciones 

no hay suertes.


Lo acepto

con desgano

uno poco de bronca

pero 

al menos

(en este último tiempo)

condescendientemente.


Está bien

lo acepto

me toca a mí.


Acepto

que haya más nuncas 

(permitime la exageración)

que siempres.


Lo acepto

porque se hace verso.





agua

que sube lentamente  desde un sótano melancólico  agua  que desborda irrefrenable   desde la profundidad impar  de saberse en soledad  agua  como un caldo traslúcido  espeso   compás de dos por cuatro  que en cada nota  en cada verso  en cada ochava  supura tu propia suerte  y lentamente se sumerge  dejando que solo asome más agua  que espeja una verdad no soluble:  casi siempre  las ausencias  son un bote de auxilio sin fondo  que deja pasar la sombra  que como el agua  empaña el paisaje  y deja filtrar la angustia

ojalá despedirse 

nunca tuviera esos recuerdos que de a momentos te supuran de la herida menos esperada, 

ojalá despedirse

no tuviera del otro lado la esperanza imbécil de los hastaluegos

ojalá

pero ni siquiera en el deseo

asincrónico

a destiempo
simplemente oportunidades
desencontradas

un beat opaco
áspero
irregular
una sensación tartamuda

eco infernal en un dos ambientes
de treinta metros cuadrados
y un sótano interminable

un sol espeso
que se filtra
y que rompe todo

a veces 
prefiero la sombra 
que se filtra
y que opaca todo
salvo la nostalgia


  

Cuando teminemos la suerte, nos quedará la nostalgia empalagosa del vino mendocino y su Aconcagua, de la foto de la gata durmiendo en tu espalda, de las madrugadas, series incompletas, tu triple negación, los pasillos en los que los besos caían en offside, pocos festejos, las confesiones, la vez que te rocé la espalda sin vergüenza y el contrafáctico eterno de no saber qué pudo ser.

Ninguno de los dos tuvo al alcance un cómo acorde a nuestra circunstancia repleta de a destiempos.

Mayo

Siento el destierro arraigado a los silencios, porque ahí aparecen los clichés de dos por cuatro que salpican astillas y se clavan debajo de las uñas penetrando la carne.
En el juego absurdo sin sonidos aparecen todos los rostros ausentes que llenan el álbum de los tácitos y, por supuesto, el tuyo.
Es en estas pequeñas faltas donde más me gusta cargarte de una ficción hiperbólica que nos queda potencialmente inmensa.
Tal vez, aún en un imposible silencio absoluto, aturde que no estés (siquiera acá).

promesa de río

dicen que el viento trae voces 

dicen que dicen los vientos que las voces que trae son tuyas

vos voz y el viento que se parecen mucho al frío

no triste 

más bien celeste

frío de bosque de río de otoño  

de la promesa fantasiosa de un fuego


dicen que alrededor del fuego se juntan las voces 

el fuego que arde en las voces que dicen que el frío desaparece

fuego voces vos y las ausencias

las fantasías

la promesa de un jardín secreto


y los jardines me inspiran

porque tienen olor a viento

al frío del río y su viento

que trae tus voces

que hacen de vos

cuando se apaga el fuego

Detrás de cada tácito siempre hubo rostros superpuestos 
pero desde hace un tiempo vienen desvaneciéndose
no porque los olvide
de ninguna manera
solo me resultan absolutamente ajenos.

Por encima de todos mis tácitos siempre hubo un poco de vos
pero desde hace un tiempo que venís desapareciendo
no es que te olvide
de ninguna manera
solo te entiendo completamente extraña.

En el reflejo de algunos tácitos hubo siempre algo de mí mismo
pero desde hace un tiempo viene empañándose
no es que me desconozca
de alguna manera
solo me reconozco íntegramente otro.

En el presente de mis tácitos hay siempre ficción
desde hace un tiempo que vienen escribiéndose
no de forma irreal
de ninguna manera
solo nos construyo semánticamente posibles.

despedida

ni la sombra

apenas un intento

un boceto 

un vestigio

siquiera un indicio


un candado que nos deja afuera de cualquier existencia posible


desde la guarida

desabrigado

acusado

y no sin pena

nos regalo este silencio

atávico

quizás más comprensible 

que cualquiera de mis torsiones




chau


11120

Con la pc rota ando corto de textos propios.
Corto, roto, conjugados en una pantalla que me tira negro y espejos dependiendo cuanta oscuridad le entre.
Negro y oscuro el resultado de alguna letra suelta, desparramada y perdida en anotadores viejos y en las notas del j7 que no da más.

Como yo.
Un poco roto
un tanto oscuro
perdido
y quizás viejo.

Con el ego roto ando corto de textos propios.
Corto, roto conjugados en un reflejo que me tira negro y ecos dependiendo cuanta luz le entre.
Negro y luz los resultados de alguna experiencia suelta, desparramada y perdida en recuerdos viejos y en las voces de mis tácitos que ya no susurran más.

Como todo.
Un poco oscuro
otro lumínico
Y un recuerdo
quizás tácito.

Abya Yala

No les quiero regalar más eufemismos. No hay metáfora ni recurso poético que pueda describirles; ni siquiera el tigre depredador de Martí.
No quiero prestarles disfraces. Hay que exponer su naturaleza, sus entrañas y sus pasados que se repiten incansablemente.
Otra vez, aquello que juramos que jamás volvería, resurge de la mano de miserias caducas, rompiendo con muerte, nuevamente, la historia de nuestra región.
No hace falta análisis exhaustivo para saber protagonistas: son los mismos de siempre, quienes se esconden detrás de distintas pieles, nombres y banderas, pero que suelen repetirse en los mismos instrumentos materiales e ideológicos del Siglo XV.
Van, con la victoria entre los dientes apretados, con la mirada prácticamente descolocada, con la proclama bastarda de las instituciones y la democracia y la república y los santos evangelios. Y con odio, sobre todo, con odio.
Desgarran por enésima vez la memoria de los pueblos, creen destruirla, porque por un rato nos liquidan. La angustia nos va inundando todo y llueve y no corre el viento y nos ahogamos. Nos quiebran casi hasta la destrucción, pero siempresiempresiempre; mientras que de aquel lado transcurren con un bruxismo incontrolable, mientras festejan, mientras odian... acá nos abrazamos, fraternalmente y sin fronteras.
Por los compañerxs que dieron la vida por la lucha incansable de una Latinoamericana más justa y soberana, por la reparación histórica que nunca tuvieron nuestros pueblos originarios, por el presente y el futuro de todo el pueblo de la región y por la convicción de una Patria Grande, apostamos a no callarnos nunca más. Elegimos entendernos hermanxs y no enemigos, elegimos el amor antes que el odio, preferimos no abandonar la lucha por la verdadera libertad, elegimos apretar los puños antes que los dientes.
No hay disimulo ni alegoría que les quepa, el enemigo de Latinoamérica viene siempre del mismo norte, pero en definitiva termina germinando en nuestro patio. Por eso, en una eterna disyuntiva, se abre un abismo que separa más profundamente: de este lado de la mecha siempre resurge la primavera porque en la otra orilla de la historia solo viven los que odian.

1492

Se repite. Mil cuatro noventa y dos.
Se repite constantemente, en un bucle interminable de violencias expuestas en la carne viva de la tierra desgarrada.
Siempre la misma tierra que sangra.
Otra vez un doce de octubre, perpetuado en el sufrimiento del sur, víctima del poder que saquea, abusa y coloniza en nombre del Padre, de la monarquía y la burguesía, del Hijo, de la tiranía y la oligarquía; en nombre del capital ajeno, del mercado y del Espíritusantoamén.
Doce de octubre de mil cuatrocientos noventa y dos, en dos mil diecinueve,
en cada compañerx latinoamericanx, hermanx. Los puños arriba y el abrazo continental que nos protege a la distancia y en la cercanía de entendernos Patria Grande.
Los puños arriba, la memoria y nuestras venas abiertas desde siempre; hasta que algún día, nunca más.

Veintinuevedelnueve

A la mañana, cuando me desperté, estaba feliz. El perfume que me fascina de la lluvia entraba profundo por la ventana que da al balcón.
Cuando abrí la persiana había sol, veinticuatro grados de temperatura y me di cuenta que el perfume, en realidad , olía a domingo, ausencia y a una canción que nunca te gustó.

Ecno

Ni un bosque cerca del Limay. Ni un otoño eterno sin ausencias. Ni un Miró colgado sobre tu elongación en primera. Solamente un sinfín de silencios espesos cargados de bolsillos con sombras.


Contemporáneo

Ayer te vi
después de mucho tiempo
y te vi
tan parecida al pasado
que no me quedó otra
mas
que
soñarte.

E#m

De las sombras
sobras espesas
expensas de amor.
De dolor espeso
y expreso en muerte.
Suerte eterna
etérea
externa.
Alma yerma.
Merma
en mi
sostenido menor.
Ese acorde,
final inexistente.

No Signal

La lona rasgada de las Topper deja filtrar el alma de los charcos repletos que explotan en espasmos de agua.
Cabeza baja y los auriculares berretas de 60 pesos muestran en la estática
su naturaleza
               y  la propia.

Y hay una ausencia clara
taimada confabulación
alienada
en trincheras del pasado
aparecen facciones
como reflejos obvios
sarcásticos
desde el fondo de un lago que te inundó la otra lona
         la sana.

Y en un concierto de bocinas, ves el show de luces de frente, que viene a tu encuentro. Extendés un brazo del que cuelgan gotas largas, interminables. Susurrás el destino y la Sube te grita cuatro décadas negativas. Vuelta a la izquierda, el lugar donde compraste tu primer disco de Queen, la parrillita previa a educación física, la casa de disfraces, Ana María que te observa (casi siempre juzgando), la básica, el super, la escuela, la plaza, paredón y bajada.
Tres cuadras
                 nostálgicas.
Ascenso a pie
salpica
el recuerdo corrupto
de rostros
de voces
sobre todo de silencios
reflejo de muertes parciales
de una luz que no ilumina
y las sombras
profundas
como fiel reflejo del exterior.

Adentro: montañas de papeles, una heladera semi vacía, un río de ropa que con la corriente te postra en la cama. Tu versión horizontal que espera desmedidamente un concierto de colores. Expectativa que se ve defraudada ante las pantallas oscuras, exposición artística, reacción revolucionaria a tu voluntad Y absolutamente fiel al segundo vencimiento.






DeCapicúas

Con esfuerzo bano
extendí mis sombras
mi entero.
Quise regalarte rincones
los más profundos
propios.


Y soñé
con viento del sur
verde
tibio
perfume de verano
en el río
                       (y que me lo presentes)
con vos.


Y estos versos
oliendo a aunteúltimos
a puntuar momentos
a liberar (nos)
de entendernos
                        incongruentes
próximos...







y
un
recorrido
hasta
la panza
que duele




de la emoción





y la cabeza

aunque todo...
Y una sinfonía sin peros.

jamemú

Simplezas
que suceden
              no sé cómo explicarlo
solo pasan
              dentro mío.

Cosas simples
pavadas hermosas
               ¿cómo cuáles?
El fuego
               la leña.

Sensaciones
propias y ajenas
robadas
al otoño mezquino
                quiero que sea otoño.
Otoño 
colmado de silencios
                 de montaña
que sea otoño otra vez
                 en un jardín secreto
el ruido del fuego
                 olor a hielo
y que te quedes. 



Cliff

¿Qué sería de la vida sin los abismos?
Sin lo insondable,
sin lo incomprensible.
¿Qué sería de la existencia
sin la certeza de una profundidad inexplorada?

La posiblidad de un salto
del que ignoramos su fin.
Un salto
en el que el fondo
y el cielo
parecen igual de inalcanzables.

¿Qué sería de nosotrxs
mortales sensibles
sin un alma cargada
de precipicios pendientes?
Que ni la suerte
(ni el destino)
ni el sueño
(ni la vigilia)
pueden afirmar ni negar.

¿Qué de nuestras realidades
sin la posibilidad
-aunque sea remota-
de una ruptura drástica
en la geografía de la cotidianeidad?

¿Qué de aquellxs
que prefieren una llanura
inmensa y eterna?
Aquellxs
que nunca se dejarán asaltar
por los acantilados
del relieve
de la lírica defragmentada
de acordes
de sabores complejos;
abismos
de un beso robado
a los que nunca se animan a saltar.

Destilado


Del fracaso a la suerte
de la muerte a la vigilia;
como si las sombras ajenas
palparan los miedos propios.
Como si lo que no supiéramos
tentara a nuestra inteligencia
con un suicidio salubre
que la salve de conocerse
completamente mediocre.

De la euforia al letargo
de la pesadilla a la liberación;
como si la noche acariciara                                          
en cuarto menguante
la pena del día.
Como si lo que no somos
provocara a nuestra existencia
con una sinceridad asesina
que nos permita conocernos
completamente incompletos.

Así,
conjugando sus verdades
le estampó
sin arrepentimiento
no sin antes investigar su estado
en línea
un ¿hacés algo hoy?
del que nunca tuvo respuesta.

De mí - CharlyG

En un mundo bastardeado de mugres
las utopías destronan a las sombras
y las causas quedan relegadas
ante el simple desquicio de del alma.
En un tiempo cargado de vértigos
las pausas son la antesala perfecta
para escuchar como el silencio también es arte.
En una realidad
donde los imposibles te cargan de púas la almohada
una melodía trae el recuerdo
de una mirada arrancada del escudo de Atenea.
En una suerte que no nos toca
a tres metros de distancia
-que hace la ausencia más espesa-
bailamos entre letras ajenas
propias
líricas.

En una marea infinita de incertidumbres
en una alacena repleta de respuestas inconclusas
en los bolsillos llenos de miel
en una interminable sucesión contradictoria
de prudencias
y deseos
en todo y en nada;
nosotros.

Abrazo Rollinga

Ando todos los días con la mente en tanga, dijo.


La mente en tanga
y yo me imaginé una brutalidad irrefrenable de sapiosexualidad.
Me la imaginé ostentando su erotismo inteligible
seduciendo con su magia cerebral expuesta.

... bis

Explicar lo que ya se sabe es una dolorosa obviedad.
Una redundancia absurda que desconoce su real naturaleza, pero que la acepta.
No es necesario (tampoco) profundizar sobre tus puntos suspensivos. Aunque en su nombre y en una de sus funciones gramaticales manifiesta la existencia de una pausa transitoria o bien de suspenso; mas nunca carga la pesada y axiomática determinación del punto seguido, menos aún del punto y aparte.

Es que en una histérica página cargada de confesiones se vomitan la ausencia de lejanías y una conciencia plena de tu existencia.

Arte, se dice de aquello que manifiesta una finalidad estética en la que se expresan ideas y emociones. Y cuando se respira arte es imposible ignorarlo. Pero también, desde una brutal (pero necesaria) lejanía, es desde donde se contempla. En la prudencia y en el respeto.

Aceptando privarme de un susurro que me cuente tu historia, porque en definitiva los momentos son la suerte; esa que entiendo que te alejan de mi cuello y a mi de tu cintura.


Señales

Serán / ¿cuánto? / ¿tres metros? / Un abismo.

Eternidad irresoluta / Irresoluble.

Tres metros / ¿cuánto? / ¿un abismo? / Será.

Perdición eterna / Interminable.

De vos y yo a la distancia / mirándonos.

A veces se vuelve

Como lo prometiste, sentí el calor (primero) en mi oreja derecha.
Una respiración agitada, gemida, ficticia pero certera.
Aunque prometí negarme, me dejé.
Seguiste por el cuello,
tal cual,
por un cuello desprotegido y por ahí comenzaste.
Despacio fingiste lamer mi clavícula
mordiste con un colmillo solo
para hacer un hueco.
Un hilo muy fino de sangre saltaba al vacío por sobre mi hombro.
Bajé la mirada para acompañarlo,
tu índice penetrando mi carne,
como buscando.
En el descenso, el desgarro bordeó el esternón
desembocó en una depresión umbilical que te facilitó la inclusión de anular y mayor
y me desarmé.
Todos los órganos comprometidos marcando el compás,
en un latido profundo, hondo y pausado;
que junto al zumbido ambiente componen una pieza musical
que, cuando quiero, la reproduzco en mi mente
y vuelvo a estallar en sangre.
Sigo boca arriba y levemente de costado
observando el corte vertical que me atraviesa.

Todos tus dedos, menos los pulgares,
se incrustan opuestos por sus nudillos para expandir la caja toráxica
a punto de imitar la apertura de una persiana en la mañana,
en la fractura de los doce pares de costillas.
Mientras con una mano mantenés abierta la herida
con la otra
-con mucho cuidado y sin nada de respeto-
depositás entre algunos órganos vitales una foto tuya y una nota;
cerrás la herida, no hay sangre.
Cuando vuelvo a abrir los ojos te tengo de frente, sentada a unos metros mío,
yo de pie,
sin poder hablar,
porque ya no hay vuelta atrás,
como lo prometiste
(aunque prometí negarme).
Tantas veces encontré
mis bolsillos llenos de monstruos
tantas otras desbordaron mugre.

Pero hoy
en un momento extirpado
expropiado al realismo mágico
metí mi mano izquierda en mi campera verde
y encontré miel envuelta en renglones.

Los bolsillos a veces te sorprenden.

Ansioso de verme escapar

Te esperé como quien no sabe de soledades, como si no pudiera lidiar con el silencio, conmigo.
Te esperé tan lejos de todo, que te esperaba, incluso, lejos de vos; como a propósito. Como si supiera que en la quietud pudiera acercarme, pero no.
Imposible la vuelta que pretendía, una miseria ruin de mi cabeza que jugaba a pretenciosamente sacando culo y haciéndose la interesante, un poco intelectual y terminó indefectiblemente derritiéndose en la viscosidad de una sombra ajena.
Y otra vez la misma canción, taladro que acicala la autocondescendencia pero que me pone en la vereda de enfrente de lo que quiero ser. Ahí, en ese instante mismo de esquinas metafóricas y reales te veo venir. Con esa mueca nostálgica que me desordena la biblioteca.
Te siento, casi te palpo, casi te huelo, casi que, casi que, casi, casi…
Siempre fracción, nunca número entero y vuelvo a esperarte idiotamente, inventando adverbios de modo para no extrañarte tanto, para jugar a que en el papel sos muchas, una repisa llena de musas mentirosas, exageradas, con tanto gusto a vos que empalaga.
Juego a soñarte y me pregunto antes de dormir quién quiero ser, sin vos, siempre, por las dudas. No vaya a ser que aparezcas y me cambies lo planes y vuelvas y otra vez… no, otra vez no, por favor. Ya no tengo grises, ni silencios, ni rincones, casi ando sin letras para vomitar, ando ahí, sin palabras que mascar. Así me tiene este ayuno: tan prostituto de puntuación, tan cargado de comas masturbatorias, tan ajeno a otros yoes, que me obligás a cuestionarme.

Dejo un renglón y sigo, porque ya no te escribo, pero quiero continuar con este autoflagelo que tiene de memoria el estribillo de la canción que más veces cantaste. Pero no te escribo, me escribo a mí sin vos, que no es lo mismo. ¿Es lo mismo? Lo es.


Quiero empezar de nuevo en la hoja y no puedo no verte, tan parecido a mi, tan El Otro, tan William Wilson, tan espejo, tan esperpento gótico real maravilloso fantástico y realista de mi mismo que sonrío con la misma mueca con la que me encontré en esa esquina, con la culpa intolerable de ser uno más.
Suben Erato y Calíope puedo sentirlas como de a poco van tomando todo van sin pedir permiso escalando todo lo gutural y van iluminando paso a paso todos las sombras posibles se que es momentáneo porque también veo como se empañan mientras escucho una canción que sé a medias van subiendo y van quejándose de si mismas porque saben que no les puedo ser digno que no abarcan por completo mi persona suben las musas y yo escribo y escribo sin puntos ni comas una oración casi eterna que no respeta ningún tipo de regla sintáctica y voy transformándome en ellas mientras ahora suena uno de mis pocos tangos favoritos pura música de Piazzolla que me invita a asesinarlas, a escuchar, a deleitarme, puntuar.

Lejos

Que lejos que estamos
si con un abismo
tan pero tan profundo
siempre te parás del lado de enfrente.
No por simple oposición
no por convencimiento
sino más bien por una indignación moral absurda
parida a la luz de cuentitos trágicos
importados del mundo del popcorn.

Que lejos estamos,
lejísimo.

Que lejos estamos si ante una muerte
te arrancás las expresiones de la cara
disfrazás con colores tu máscara facebookera
a piacere de un comunity manager del otro lado del mundo;
pero ante la muerte de un paria  
mirás para otro lado
o (aún peor)
festejás con el hashtag inverso
y victoriás el #UnoMenos como una battalla personal ganada
cuando en realidad la lucha siempre te es ajena.

Que lejos estamos, hermanx.

Que lejos
si todavía levantás esa pancarta
que huele a podrido
de tanta basura que te corroe la garganta
cuando gritás un odio visceral bañado de ausencias
personales,
morales
e intelectuales.

Que lejos,
estando al lado.

Oro

¡Que con llorarla crezca cada día
la causa y la razón porque lloraba!
Garcilaso de la Vega - Soneto XIII


Epílogo y Pascua;
suerte de realidad funesta
que conjuga irreversiblemente
el final
y su inicio
con una secuencia temporal inversa.

Una concatenación inexplicable
de naturaleza sórdida,
lúgubre,
maniquea.

Flecha de plomo,
de Oro,
persecución y laurel.

Un suicidio salubre,
llanto
de un víacrucis obsoleto
autoimpartido
perpetuo.






Te veo de espaldas.
Con la sencillez de una belleza inacabada.
Una mirada solemne pero tierna.
Un guiño con los ojos de par en par.
Sonrisa
con el eco hueco de los demás en mute.
Imagino.

Se despegan tus comisuras  
nota tras nota
una melodía suave que envuelve la vigilia;
quisiera también el sueño.

Otra vez tu espalda.
Tu silencio
y un solo en Mi.

Contact

Un susurro
El lamento incompleto
de un grito a lo lejos.
Y un grito
Ponderación eufórica
de un susurro al oído.

Resultado

Una angustia
De escalofríos itermitentes.
Un llanto cautivo
Y un enojo cauto.
Una suerte de derrota propia
Porque en definitiva es nuestra
Incluso del que festejó.
De todos
Aunque no te entiendas parte.

Distancias

Lejos.
Tanto como es posible
e imposible
en esa cercanía tan ajena.
Dos egos irreconciliables
uno de ayer
otro de hoy
que encuentran su cenit
en ese ápice
abismo
de una inexperiencia
ahora profanada.

In-finitud

“O God, I could be bounded in a
nutshell and count myself a king of in-
finite space.”
Hamlet


Estruendo visceral que estalla en sangre. La bandera blanca decreta el final y una pestilencia de muerte actualiza la obra de Stevenson, muy parecida al suicidio, muy parecida a las soledades más sórdidas, tanto a uno mismo.
Se percibe porque vibra, porque resuena grave tan cerca de las sienes, tan cerca del motor. Mezcla incompatible, aparente oxímoron de los sentimientos exiliados de virtud alguna. Razón barbárica, bestialidad civilizada.
Sin comprender demasiado, sabiendo todo. La misma carne, transustanciación necesaria de comunión no elegida. Pretensión trunca de un dogma infalible, de una certeza  demasiado cargada de culpas; treinta piezas de plata, tres negaciones, una cuerda y la primer sucursal.
Sapiencia diestra del que percibió distintos el mismo río cuando el que cambiaba también era él. Armonía. Opuestos. Abismos infinitos y el eterno retorno. Demiurgo rebalsa perfecciones limosneras que actúan empatía con cárceles hechas carne; que al descomponerse, su ánimo reconocerá las formas imperfectas de aquello que nos dejan espiar por la cerradura de “uno de los puntos del espacio que contiene todos los puntos”[1] que descansa en el sótano de Daneri.
Una ironía.
Eternidad inefable, reloj suspendido en tus pupilas recordándote que entre un número y otro hay una fragmentación potencial al infinito; te perpetúa lo ínfimo de tu existencia en la perennidad del tiempo.
Ser o no ser, (en una existencia palpable conocedora de su finitud, o en la ignorancia insalvable de una eternidad posible) esa es la cuestión.








[1] BORGES, Jorge Luis; “El Aleph”.

Spleen

En el miedo de algunos,
vive.
Contorno del reflejo
alrededor de uno
de quien mire.
(en cierta forma
de aquellos que no ven).

Pose de El mal del siglo
en el silencio ensordecedor
que reproduce ese abismo
en el que la angustia hace eco.

Una soledad
mayéutica de nostalgias,
autarquía involuntaria
productiva
placentera.
Viento de Barro tal vez.

Par

Siquiera.
Una secuencia fétida,
falso imperativo categórico que nos desnuda.

Una ilusoria declaración de existencia
que se espesa en la opacidad
en la efímera veracidad de nuestra presencia.

No sórdidamente nada,
sino polvo imperceptible.
Pulvis et umbra sumus.
Más que sombra palpable
Afirmación pura de un todo.
.
En la perpetua falsedad de nuestra ausencia
que se condensa en la diafanidad
de un cierto ocultamiento de inexistencia.

Sinceridad de una ética que nos cobija
una secuencia inodora,
también.
Además
gangrena en la nostalgia.
Un recuerdo marchito,
más no muerto;
agonía sempiterna
de una suerte oscura.
Negra.  
Consecuencia madre
de un sentimiento ínclito.
Gloria añeja
misterio irresoluto
de la incertidumbre de lo contingente.
Del impuesto futuro
que este otoño
lo pule insostenible.



Memoria

Una  superficie tácita
impalpable.
Suerte de nimbo claro
traslúcido.
La memoria certera de un recuerdo
de una sonrisa que pare.
Un arma afinada
en el filo de un temor bajo cero.
Caldo de palabras presentes
y la insalvable invocación 
a una estación de tendencias ocres
otoño de ideas.  
Pábulo de un lagrimal desbordado
que deja su firma en la lucha
en alguna hoja añejada
sobre ese tiempo hosco.
Yelmos de lienzos blancos
espejos de uno mismo
de dos
y de rostros ausentes
otra vez de uno
de ninguno.
Hoy de todos.




De los dos.

Lo degusté.
Cada palabra
con una papila gustativa distinta.
Le sentí el perfume.
Al cada palabra,
una inhalación.
Las escuché,
me pareció que susurrabas detrás.
Cada palabra
emancipándose de tus labios.
Te vi.
Sumergida en paz
y en su vestido de flores.
Me vi,
en cada palabra.
Palpé puntuaciones.
Letras.
Sentimientos.
En cada palabra:
esa sinestesia
que se percibe,
en la pluralidad de sentidos,
solo a través
de la puerta de los dos.

Biblioteca de Musas

En una ausencia permanente de una sospecha infundada, quito la vaina y el polvo a una espada oxidada que no hace mas que lacerarme un costado; más no agua, sangre pura de una herida nueva que, devota de una anterior, carga el pecado del hombre:  el que lo condena, el que lo asusta y lo somete enteramente a sentir culpa.
Preexiste una muerte momentánea, segundos en tiempo real que cargan con un aleph borgeano de sentencias, de miserias pútridas y de un sueño desplomado en la vigilia que los soles le recriminan a las lunas.
No ando reptando suelos ajenos y tanto menos vuelo cielos propios, vago -cuando se me permite- entre una biblioteca repleta de musas que alguna vez tuvieron nombres y que hoy se fusionan en el espesor de una hoja mía, de ellas, del pasado.
Quien las nomencló tácitos acertó agudamente , al igual que la que se supo sentir identificada, porque aunque no le perteneciera en tiempo, le correspondía por tradición. (Entendiéndola no menos propietaria por la inocencia en la no contemporaneidad de mis declaraciones).
Vuelvo con un arma oxidada, cargando a cuestas el baúl de sombras que dejo en los rincones de mis signos, en la solapada y múltiple realidad de mi voz.


De igual cantar, se desenvuelven por las calles de una circunstancia que des conozco: ellos dos. Dedos entrelazados, suertes contiguas, risas ascendentes y un pasado que poco sabe de alfombras rojas. Cruzan la avenida, se besan y cada uno emprende un camino opuesto. Por unos minutos van rememorando el fulgor de ese último casi palpable beso. Por escasos segundos lo pueden saborear. Al rato forman parte de un acervo, pulcramente ordenado y con su respectivo podio, de un sinfín de memorias que descansan en la biblioteca de musas. Se mimetizan con mis tácitos copiados sin intención de Beatriz, de Elena, de la Maga. Tácitos que tomé prestados de mi suerte y de bibliotecas mucho más expertas. 

Kamikaze

Ve a lo lejos que van enfrentados y posa sus zapatos intermitentes sobre líneas que lentamente le desprenden los pies de los tobillos. En una parsimonia trágica la carne se sumerge en la composición ósea que también se va haciendo polvo; muslo que se hace agua y se vaporiza sin condensación posible. Absorbe musculatura, tejido orgánico y su costura umbilical se abre en un respeto solemne a Yocasta; sublevándose. Su construcción entera se fractura y se disponen bandos de una jaula arbitrados por un esternón punzante que le extirpa el aire. Los pasillos capilares lo conducen en sentido contrario desembocando en el rincón donde la armadura jamás supone dejar vulnerabilidades. La caminata frontal -ahora adérmica y suicida- logra ultimar la sinapsis; una muerte súbita que expone un ofensiva desde el interior. Asalta a los hemisferios. Yelmo vacío que truena luego de la implosión. Tránsito solitario de un escarlata parpadeante que batalla sus pasos -sístole, diástole, sístole- hasta ese encuentro inagotable. Solo el sonido repetido de vida, de inacción, de un sin sentido propio de la privación de presencia. Una mirada imposible, carente de ontología posible. La proximidad le roba un suspiro que le devuelve un céfiro de alma. Lenta marcha en la regeneración de los tejidos musculares. Llega la sobria potencia de sus extremidades que lo alejan de la escena. Siente la soga anudada guturalmente al estómago. Vuelven lentamente el resto de su complexión anatómica; junto a ella, las sensaciones que encuentran completitud en la manifestación del lienzo. Vuelve de la ausencia casi absoluta para ver nada más que un vacío ilimitado en el trayecto hacia adelante. Siente la ausencia expelida por el otoño y en un giro del yelmo siente que vuelven los sentidos de un destierro oportuno. Su capacidad constitutiva lo desnuda. Náufrago ante el frío, aprende que el último grano de arena quedó sepultado tras el giro que dio el último paso tras la ochava.

Fórmula

Con el alma pintada de Guernica y el estruendo sordo de la angustia, gasta suelas andando vías. Dos colores del día que oprimen la suerte. Va recolectando memorias que sueltan carcajadas ahogadas en un lagrimal colmado de abismos.
Así recorre sus bolsillos, con el puño disfrazado, escondido; descansando en la extensión de sus ramas. Cata papeles deformados que pernoctan en el fondo de su saco desde hace unos cuantos plazos incumplidos. Saca uno y la lotería le muestra el envoltorio de un te quiero desgastado en un celeste frío.
Recuerdos de un fin de otoño, sepulcro y sudario del pasado. Puertas de un futuro pretérito, oxímoron de su historia.
Vuelve a pensarla, se somete al castigo de escribirle, para acercarse aunque las letras lo sitúen cada vez más lejano. Derrama una pluma de tinta y recibe miel, a la que queda adherido, que le llena los pulmones.


De a poco, de apagan las luces, va volviendo al amargor confuso del cubismo monocromático. Se ve desde lejos, fracturado; sabiendo que, eternamente, valdrá la pena el placer.

Nuestra Sal

Respirar que se arruga
nuestra luz que palpita
destrozan el llano
Condenado a escapar.
Un suspiro sin reino
de tronos carentes
don el brillo esmerilado
de un reseco porvenir.

Llorarás en secreto
la ausencia despótica
del duelo sin fundas
que vas a extrañar.

La sal
de renglones culpables
de tu suerte asfixiada por tanto esperar.
Y vendrás
otra vez a mi orilla
palpando tus sombras
buscando más sal.

Vetas

Como un apagón que dejaba el barrio de mis sentidos enteros sin luz. Como una sombra -de esas que exprimo- que tiñó de negro lo espeso del pensamiento. Así transcurrió la idea, como una mezcla uniforme, casi sólida que condensaba las suertes y las muertes de los días un tanto opacos que venía sacando del mazo. Volví a la luz, otra vez de sorpresa. Como un siete bravo que encandila la sonrisa con sus oros -¿acaso soles?-. La ventana se abrió y de la mano de un aura, entró la consigna perpetua y la incógnita ya marchita de un sentido menos palpable. De la inalcanzable verdad, del sueño partido acobijado bajo el abrazo trémulo de una soledad indisimulable. Suelto la mano de mis compañías absurdas, de lo pocos espacios completos que deja el mientras tanto. Cabeza agachas emprendemos la vuelta al pasado que no fue, al reloj en el cajón que suena desesperante con sus vueltas, con sus alarmas de plazos no cumplidos, de una cuenta regresiva que se achica, que se acorta, acaba. Caen cumplidos sin fondo, firmas impagas en el pagaré perdido. Un deuda inconclusa por una apuesta que llega sin tiempo. Vuelven los restos a asomar sus manos por encima de la tierra. Cadáveres extintos de una especie lejana de memoria partida. Salto atemporal de un ocaso que nunca llegó al fin, de un alba incompleto, de un día fusionado con la noche; ni uno, ni otro, ambos. Cae otra vez el telón, como un juego, otra vez a la penumbra y a la luz, a la oscuridad y a la claridad; muerte y vida, pesadilla y sueño.
Otra vez a conjugar mis versiones.

En el tercer cajón

Va siendo la madrugada y vuelvo a revisar tus palabras que intuyo mías. Respiro nuevamente el sabor agridulce de tus letras, palpo el perfume de quien seguís siendo, incluso a pesar del tiempo. Adicción perenne de tu recuerdo inacabable, de una historia trunca, imperfecta, soñada.
Voy leyendo los epígrafes que contradicen las imágenes y que a la vez rompen la ilusión de hacer propio lo ajeno.
La colección me llama desde aquel cajón, pero no intento buscarte en monólogos lejanos sobre los que debés preguntar su paradero.
Así, intuyo, recorremos la morgue, buscando el cuerpo ausente de un gran pasado que cada año regresa por partida doble. Que deja un sonido hueco. Una bocanada de aire puro que decora el pecho; el aliento de un recuerdo que vuelve a la vida abrazado a la sonrisa más fiel.

Anda viniendo

Te miro desde la silla y el tiempo comienza a caminar en reversa a una velocidad que con ningún sentido puedo percibir en plenitud.
Lo supe en una conversación que poco te encontraba, sin embargo sonó tu nombre y así voló la notica por el cable enrulado hasta mi parietal derecho. Los segundos que separaron la última palabra de la que la siguió fueron tiempo sobre tiempo, un paralelo casi estático desentendido de transcurrir debidamente. Varios trescientosesentaycinco sin siquiera mencionarte, de desconocerte; casi la misma cantidad que los que habíamos compartido. Por eso no hubo titubeo, en el siguiente abrir de ojos, ahí estaba: las dos suelas en el piso y dos ángulos de noventa grados, uno con vértice en las rodillas y otro a la altura de coxis. Supuse que era la solución; hacerme extensión de tu habitación, de tu suero. Varios no entendieron el porqué de mi presencia y yo entre ellos. Una sensación foránea, indescifrable, que me obligó a ser parte de tu circunstancia.
Hice contacto con una simulación de caligrafía quién me confirmó tu saldo negativo, tu deuda impaga, el relevo  de la responsabilidad de tu sino en las manos de un ser incorpóreo de existencia dudable y la contradicción forzosa que eso sugiere.
Durante el primer día tuve que lidiar con el silencio que sonorizaba tu nuevo -y seguramente último- hábitat . Solo el zumbido del tubo fluorescente de luz y el inconfundible cantar del monitor que dibuja picos a la izquierda de tu cama. Así, transcurrí entre tu mundo y uno aparte sumergido en tintas. El sol me descubrió leyendo y desde la oscuridad me dijo “La muerte es vida vivida / La vida es muerte que viene / la vida no es otra cosa / que muerte que anda luciendo.”1
Entonces, se hizo dogma: si es que ha de venir, tendría que esperarla y ahí convencerla que todavía hay tiempo, que nos queda un rato más. Sin demasiados argumentos para convencerla, pero como un sofista defendería tu pulso, sin conocer si esta necesidad de que permanezcas es una verdad absoluta o una posible mera victoria dialéctica sobre la naturaleza del destino.
Terminé el poema y enfrente mío -con tu cama de por medio- coloqué una silla vacía como escenario de la próxima conversación.
La mañana se mostró fresca por medio de un golpe de persiana que dejó expresar al viento en una exhalación que me heló la espalda. Casi como consecuencia, esbocé una primera frase a modo de pregunta, exigiendo la explicación pertinente mientras la silla con la mirada muda fija en mí. De esa manera empecé el discurso, una especie de juego de seducción en el que las palabras solo pretendía la conquista del único territorio de donde no se regresa. La historia sobre cómo nos conocimos sirvió de plato de entrada; esa casualidad ridícula que fue encontrarnos y lo absurdo de mantener el vínculo a pesar de cargar con pretéritos tan distantes. El mediodía apenas se asomaba y mis ideas recién tramaban los hilos del plan que propondrían mis voces.
El reloj dejaba entrar al perfume que venía de la confitería y los sentidos se encontraron en el desierto (luego entendería que había sido un contragolpe). Erguí mi humanidad después de varias horas y a los pocos minutos volví con el vaso tapizado con restos de café. La luz entre tu puerta y su marco, observé que te atendían. Entre jeringas, descargas, conteos y algún grito con brotes de desesperación, se manifestaba la escena. Corrí de donde no debería haberme levantado y continué aquella historia interrumpida sin importarme el pedido de desalojo. Inmediatamente volviste, no como me/nos hubiera gustado; pero otra vez los ritmos reemplazaron al pitido agudo y desesperante que tu monitor expresaba en una nota que prefiero no descubrir.
Sentí un poder casi divino cuando descubrí que podía mantener la expectativa y así en mis manos (o mi voz), el control de tu mañana, el dominio de las sombras, la América que la humanidad jamás descubrió.
Pasé unos días a sostenido entre cafeína y bocados desapercibidos que traían desde el teléfono. Entonces comprendí que el tiempo también me amenazaba, que el acervo de historias y la imaginación que producirían unas nuevas se agotaban. Mientras mantuve las condiciones que todos respetábamos por si acaso. El cansancio se sumó a la conversación y se vencieron los hombros. Mediante un pacto sin firmar fui cerrando los ojos con la promesa de continuar la ficción obteniendo a cambio no modificar el presente del ambiente. Dormitando creí escuchar la persiana que golpeaba y un viento que salía de nuestra habitación golpeándome el pecho antes de escapar. Debo haber dibujado una sonrisa y caí profundamente lejos de la vigilia, diagramando inconscientemente más relatos para retomar lo inconcluso en la posibilidad de un mañana que sentí como certeza.










1BORGES, Jorge Luis, “Muertes de Buenos Aires – La Chacarita”; Cuadernos de San Martín. 1929