Como un apagón que dejaba el barrio de mis sentidos enteros sin luz. Como una sombra -de esas que exprimo- que tiñó de negro lo espeso del pensamiento. Así transcurrió la idea, como una mezcla uniforme, casi sólida que condensaba las suertes y las muertes de los días un tanto opacos que venía sacando del mazo.
Volví a la luz, otra vez de sorpresa. Como un siete bravo que encandila la sonrisa con sus oros -¿acaso soles?-. La ventana se abrió y de la mano de un aura, entró la consigna perpetua y la incógnita ya marchita de un sentido menos palpable. De la inalcanzable verdad, del sueño partido acobijado bajo el abrazo trémulo de una soledad indisimulable.
Suelto la mano de mis compañías absurdas, de lo pocos espacios completos que deja el mientras tanto. Cabeza agachas emprendemos la vuelta al pasado que no fue, al reloj en el cajón que suena desesperante con sus vueltas, con sus alarmas de plazos no cumplidos, de una cuenta regresiva que se achica, que se acorta, acaba.
Caen cumplidos sin fondo, firmas impagas en el pagaré perdido. Un deuda inconclusa por una apuesta que llega sin tiempo. Vuelven los restos a asomar sus manos por encima de la tierra. Cadáveres extintos de una especie lejana de memoria partida. Salto atemporal de un ocaso que nunca llegó al fin, de un alba incompleto, de un día fusionado con la noche; ni uno, ni otro, ambos.
Cae otra vez el telón, como un juego, otra vez a la penumbra y a la luz, a la oscuridad y a la claridad; muerte y vida, pesadilla y sueño.
Otra vez a conjugar mis versiones.
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