La lona rasgada de las Topper deja filtrar el alma de los charcos repletos que explotan en espasmos de agua.
Cabeza baja y los auriculares berretas de 60 pesos muestran en la estática
su naturaleza
y la propia.
Y hay una ausencia clara
taimada confabulación
alienada
en trincheras del pasado
aparecen facciones
como reflejos obvios
sarcásticos
desde el fondo de un lago que te inundó la otra lona
la sana.
Y en un concierto de bocinas, ves el show de luces de frente, que viene a tu encuentro. Extendés un brazo del que cuelgan gotas largas, interminables. Susurrás el destino y la Sube te grita cuatro décadas negativas. Vuelta a la izquierda, el lugar donde compraste tu primer disco de Queen, la parrillita previa a educación física, la casa de disfraces, Ana María que te observa (casi siempre juzgando), la básica, el super, la escuela, la plaza, paredón y bajada.
Tres cuadras
nostálgicas.
Ascenso a pie
salpica
el recuerdo corrupto
de rostros
de voces
sobre todo de silencios
reflejo de muertes parciales
de una luz que no ilumina
y las sombras
profundas
como fiel reflejo del exterior.
Adentro: montañas de papeles, una heladera semi vacía, un río de ropa que con la corriente te postra en la cama. Tu versión horizontal que espera desmedidamente un concierto de colores. Expectativa que se ve defraudada ante las pantallas oscuras, exposición artística, reacción revolucionaria a tu voluntad Y absolutamente fiel al segundo vencimiento.
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