A veces se vuelve

Como lo prometiste, sentí el calor (primero) en mi oreja derecha.
Una respiración agitada, gemida, ficticia pero certera.
Aunque prometí negarme, me dejé.
Seguiste por el cuello,
tal cual,
por un cuello desprotegido y por ahí comenzaste.
Despacio fingiste lamer mi clavícula
mordiste con un colmillo solo
para hacer un hueco.
Un hilo muy fino de sangre saltaba al vacío por sobre mi hombro.
Bajé la mirada para acompañarlo,
tu índice penetrando mi carne,
como buscando.
En el descenso, el desgarro bordeó el esternón
desembocó en una depresión umbilical que te facilitó la inclusión de anular y mayor
y me desarmé.
Todos los órganos comprometidos marcando el compás,
en un latido profundo, hondo y pausado;
que junto al zumbido ambiente componen una pieza musical
que, cuando quiero, la reproduzco en mi mente
y vuelvo a estallar en sangre.
Sigo boca arriba y levemente de costado
observando el corte vertical que me atraviesa.

Todos tus dedos, menos los pulgares,
se incrustan opuestos por sus nudillos para expandir la caja toráxica
a punto de imitar la apertura de una persiana en la mañana,
en la fractura de los doce pares de costillas.
Mientras con una mano mantenés abierta la herida
con la otra
-con mucho cuidado y sin nada de respeto-
depositás entre algunos órganos vitales una foto tuya y una nota;
cerrás la herida, no hay sangre.
Cuando vuelvo a abrir los ojos te tengo de frente, sentada a unos metros mío,
yo de pie,
sin poder hablar,
porque ya no hay vuelta atrás,
como lo prometiste
(aunque prometí negarme).

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