Biblioteca de Musas

En una ausencia permanente de una sospecha infundada, quito la vaina y el polvo a una espada oxidada que no hace mas que lacerarme un costado; más no agua, sangre pura de una herida nueva que, devota de una anterior, carga el pecado del hombre:  el que lo condena, el que lo asusta y lo somete enteramente a sentir culpa.
Preexiste una muerte momentánea, segundos en tiempo real que cargan con un aleph borgeano de sentencias, de miserias pútridas y de un sueño desplomado en la vigilia que los soles le recriminan a las lunas.
No ando reptando suelos ajenos y tanto menos vuelo cielos propios, vago -cuando se me permite- entre una biblioteca repleta de musas que alguna vez tuvieron nombres y que hoy se fusionan en el espesor de una hoja mía, de ellas, del pasado.
Quien las nomencló tácitos acertó agudamente , al igual que la que se supo sentir identificada, porque aunque no le perteneciera en tiempo, le correspondía por tradición. (Entendiéndola no menos propietaria por la inocencia en la no contemporaneidad de mis declaraciones).
Vuelvo con un arma oxidada, cargando a cuestas el baúl de sombras que dejo en los rincones de mis signos, en la solapada y múltiple realidad de mi voz.


De igual cantar, se desenvuelven por las calles de una circunstancia que des conozco: ellos dos. Dedos entrelazados, suertes contiguas, risas ascendentes y un pasado que poco sabe de alfombras rojas. Cruzan la avenida, se besan y cada uno emprende un camino opuesto. Por unos minutos van rememorando el fulgor de ese último casi palpable beso. Por escasos segundos lo pueden saborear. Al rato forman parte de un acervo, pulcramente ordenado y con su respectivo podio, de un sinfín de memorias que descansan en la biblioteca de musas. Se mimetizan con mis tácitos copiados sin intención de Beatriz, de Elena, de la Maga. Tácitos que tomé prestados de mi suerte y de bibliotecas mucho más expertas. 

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