Con
el alma pintada de Guernica y el estruendo sordo de la angustia, gasta suelas andando
vías. Dos colores del día que oprimen la suerte. Va recolectando memorias que
sueltan carcajadas ahogadas en un lagrimal colmado de abismos.
Así
recorre sus bolsillos, con el puño disfrazado, escondido; descansando en la extensión
de sus ramas. Cata papeles deformados que pernoctan en el fondo de su saco
desde hace unos cuantos plazos incumplidos. Saca uno y la lotería le muestra el
envoltorio de un te quiero desgastado en un celeste frío.
Recuerdos
de un fin de otoño, sepulcro y sudario del pasado. Puertas de un futuro
pretérito, oxímoron de su historia.
Vuelve
a pensarla, se somete al castigo de escribirle, para acercarse aunque las
letras lo sitúen cada vez más lejano. Derrama una pluma de tinta y recibe miel,
a la que queda adherido, que le llena los pulmones.
De
a poco, de apagan las luces, va volviendo al amargor confuso del cubismo
monocromático. Se ve desde lejos, fracturado; sabiendo que, eternamente, valdrá la
pena el placer.
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