In-finitud

“O God, I could be bounded in a
nutshell and count myself a king of in-
finite space.”
Hamlet


Estruendo visceral que estalla en sangre. La bandera blanca decreta el final y una pestilencia de muerte actualiza la obra de Stevenson, muy parecida al suicidio, muy parecida a las soledades más sórdidas, tanto a uno mismo.
Se percibe porque vibra, porque resuena grave tan cerca de las sienes, tan cerca del motor. Mezcla incompatible, aparente oxímoron de los sentimientos exiliados de virtud alguna. Razón barbárica, bestialidad civilizada.
Sin comprender demasiado, sabiendo todo. La misma carne, transustanciación necesaria de comunión no elegida. Pretensión trunca de un dogma infalible, de una certeza  demasiado cargada de culpas; treinta piezas de plata, tres negaciones, una cuerda y la primer sucursal.
Sapiencia diestra del que percibió distintos el mismo río cuando el que cambiaba también era él. Armonía. Opuestos. Abismos infinitos y el eterno retorno. Demiurgo rebalsa perfecciones limosneras que actúan empatía con cárceles hechas carne; que al descomponerse, su ánimo reconocerá las formas imperfectas de aquello que nos dejan espiar por la cerradura de “uno de los puntos del espacio que contiene todos los puntos”[1] que descansa en el sótano de Daneri.
Una ironía.
Eternidad inefable, reloj suspendido en tus pupilas recordándote que entre un número y otro hay una fragmentación potencial al infinito; te perpetúa lo ínfimo de tu existencia en la perennidad del tiempo.
Ser o no ser, (en una existencia palpable conocedora de su finitud, o en la ignorancia insalvable de una eternidad posible) esa es la cuestión.








[1] BORGES, Jorge Luis; “El Aleph”.

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