Te
miro desde la silla y el tiempo comienza a caminar en reversa a una velocidad
que con ningún sentido puedo percibir en plenitud.
Lo
supe en una conversación que poco te encontraba, sin embargo sonó tu nombre y así
voló la notica por el cable enrulado hasta mi parietal derecho. Los segundos
que separaron la última palabra de la que la siguió fueron tiempo sobre tiempo,
un paralelo casi estático desentendido de transcurrir debidamente. Varios trescientosesentaycinco
sin siquiera mencionarte, de desconocerte; casi la misma cantidad que los
que habíamos compartido. Por
eso no hubo titubeo, en el siguiente abrir de ojos, ahí estaba: las dos suelas
en el piso y dos ángulos de noventa grados, uno con vértice en las rodillas y
otro a la altura de coxis. Supuse que era la solución; hacerme extensión de tu
habitación, de tu suero. Varios no entendieron el porqué de mi presencia y yo
entre ellos. Una sensación foránea, indescifrable, que me obligó a ser parte de
tu circunstancia.
Hice
contacto con una simulación de caligrafía quién me confirmó tu saldo negativo,
tu deuda impaga, el relevo de la
responsabilidad de tu sino en las manos de un ser incorpóreo de existencia
dudable y la contradicción forzosa que eso sugiere.
Durante el primer día tuve
que lidiar con el silencio que sonorizaba tu nuevo -y seguramente último- hábitat . Solo el zumbido del tubo fluorescente de luz y el
inconfundible cantar del monitor que dibuja picos a la izquierda de tu cama.
Así, transcurrí entre tu mundo y uno aparte sumergido en tintas. El sol me
descubrió leyendo y desde la oscuridad me dijo “La muerte es vida vivida / La
vida es muerte que viene / la vida no es otra cosa / que muerte que anda
luciendo.”1
Entonces,
se hizo dogma: si es que ha de venir, tendría que esperarla y ahí convencerla
que todavía hay tiempo, que nos queda un rato más. Sin demasiados argumentos
para convencerla, pero como un sofista defendería tu pulso, sin conocer si esta
necesidad de que permanezcas es una verdad absoluta o una posible mera victoria dialéctica sobre la naturaleza del destino.
Terminé
el poema y enfrente mío -con tu cama de por medio- coloqué una silla vacía como
escenario de la próxima conversación.
La
mañana se mostró fresca por medio de un golpe de persiana que dejó expresar al
viento en una exhalación que me heló la espalda. Casi como consecuencia, esbocé
una primera frase a modo de pregunta, exigiendo la explicación pertinente
mientras la silla con la mirada muda fija en mí. De esa manera empecé el
discurso, una especie de juego de seducción en el que las palabras solo
pretendía la conquista del único territorio de donde no se regresa. La historia
sobre cómo nos conocimos sirvió de plato de entrada; esa casualidad ridícula
que fue encontrarnos y lo absurdo de mantener el vínculo a pesar de cargar con pretéritos
tan distantes. El mediodía apenas se asomaba y mis ideas recién tramaban los
hilos del plan que propondrían mis voces.
El
reloj dejaba entrar al perfume que venía de la confitería y los sentidos se
encontraron en el desierto (luego entendería que había sido un contragolpe). Erguí
mi humanidad después de varias horas y a los pocos minutos volví con el vaso
tapizado con restos de café. La luz entre tu puerta y su marco, observé que te
atendían. Entre jeringas, descargas, conteos y algún grito con brotes de
desesperación, se manifestaba la escena. Corrí de donde no debería haberme
levantado y continué aquella historia interrumpida sin importarme el pedido de
desalojo. Inmediatamente volviste, no como me/nos hubiera gustado; pero otra
vez los ritmos reemplazaron al pitido agudo y desesperante que tu monitor expresaba
en una nota que prefiero no descubrir.
Sentí
un poder casi divino cuando descubrí que podía mantener la expectativa y así en
mis manos (o mi voz), el control de tu mañana, el dominio de las sombras, la
América que la humanidad jamás descubrió.
Pasé
unos días a sostenido entre cafeína y bocados desapercibidos que traían desde el
teléfono. Entonces comprendí que el tiempo también me amenazaba, que el acervo
de historias y la imaginación que producirían unas nuevas se agotaban. Mientras
mantuve las condiciones que todos respetábamos por si acaso. El cansancio se
sumó a la conversación y se vencieron los hombros. Mediante un pacto sin firmar
fui cerrando los ojos con la promesa de continuar la ficción obteniendo a cambio
no modificar el presente del ambiente. Dormitando creí escuchar la persiana que
golpeaba y un viento que salía de nuestra habitación golpeándome el pecho antes
de escapar. Debo haber dibujado una sonrisa y caí profundamente lejos de la
vigilia, diagramando inconscientemente más relatos para retomar lo inconcluso
en la posibilidad de un mañana que sentí como certeza.
1BORGES,
Jorge Luis, “Muertes de Buenos Aires – La Chacarita”; Cuadernos de San Martín. 1929
1 comentario:
Muy bueeno!!
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