Va pasando el tiempo; la gente y sus palabras, casi siempre
abrigadas por sus hechos. Corren las eras y el mundo sigue rotando tal cual lo
dispone nuestra razón.
Van pasando los adoquines por debajo de mis suelas; entran y
salen melodías en mis oídos, algunas no sin antes de dejar estigmas en lo
profundo de la carne.
Van curándose cicatrices, otras tantas abriéndose.
Van curándose cicatrices, otras tantas abriéndose.
Circula con éxito menospreciado un sin fin de aromas, que
toman protagonismo en su invisibilidad, en su inmaterialidad tan
materializable.
Pasan mis yoes.
En la metamorfosis continua e irrevocable, es donde y cuando
me siento más ajeno. Menos próximo a la humanidad latente de mi realidad
concreta. Me pierdo, quizás, en algún margen yermo de mi espejo.
Va pasando el tiempo; la gente y sus palabras, casi siempre abrigadas por sus hechos, me expulsan de un escenario que creí constitutivo. Me destierran de la infertilidad de certezas vacuas, de aquellas cruces con las que también cargo. Mientras me retiro, me despojan de mis exclamaciones, para dejarme solamente con un saco lleno de signos de interrogación.
Va pasando el tiempo; la gente y sus palabras, casi siempre abrigadas por sus hechos, me expulsan de un escenario que creí constitutivo. Me destierran de la infertilidad de certezas vacuas, de aquellas cruces con las que también cargo. Mientras me retiro, me despojan de mis exclamaciones, para dejarme solamente con un saco lleno de signos de interrogación.
Vuelvo al margen de mi reflejo para ver pasar mis yoes. Sin
lira, sin reminiscencia; con esa satisfacción que solo surge de la búsqueda
inacabada de respuestas huérfanas que andan aleteando volátiles; sin otro destino más
que el de encontrarse asociadas en la condensación del recipiente de mis preguntas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario