Fases


Sin la sensación retorcida del masoquismo que habita fragmentada en la soledad, vas buscando una esquina menos filosa, un vértice no tan punzante donde poder encontrar refugio. Pero el fracaso estalla y las esquirlas se te pegan al cuerpo, quemando la piel que creías armadura.
Ante el miedo, te escondés en el mutismo más espeso, en la quietud que solamente se interrumpe con el pequeño movimiento que se expresa en el pecho. Aquel que nace en la respiración rápida e irregular durante un sueño, que al fin te encuentra libre de vos mismo.
Suena el bronce y levantás los párpados para regarte con la claridad que filtra entre las partes de la persiana. Volvés a transcurrir las vueltas del día. Vas siendo habitante antiguo del Nilo rindiéndole culto a tu deidad; tan sólo para volver a la quietud cuando aquel se esconde. Como si su aparición bendijera tus acciones, como si su ausencia te dejara ridículamente desnudo y desprotegido.
Otra  vez la Luna. De nuevo ese miedo absurdo de saberte unidad, de perder el duelo contra tu espejo. Ese sentimiento lejano que supurás; ese recuerdo que te hace torpe, que te envicia y contamina el andar.
Resuena el bronce, abrís de par en par los ojos para ver que la fase REM te engañó vilmente y que la suerte sigue lejana. Maldecís un poco a tu divinidad resplandeciente en el cielo y salís a encontrarte con el resto, que te acosa, que te mira, que te ignora. Una plaza congestionada de risas te contagia y los vaivenes te afloran la nostalgia, se te cae una sonrisa. Te acomodás en uno de los bancos; dejás pasar el tiempo, al mundo y cada imagen trae de la mano una sensación nueva, un recuerdo, una historia que hacés propia. El sol va soltándote la mano, pero te vas amigando de a poco con la noche. Te perpetuás en las tablas de madera que apenas se paran sobre el pasto, mirás al cielo y su millar de luces.
Las dos palmas en las rodillas empiezan el impulso para verticalizarte. Te alejás de esa abstracción repleta de sabores para volver a competir con tu reflejo, con la sana diferencia que ahora contás con todas las historias que hiciste tuyas.
Otra vez la Luna. De nuevo caminás al mutismo y a la quietud más insondable, armás tu ritual, tu escondite, la trinchera desde donde vas proponerle a cualquier fantasía nocturna el desafío imposible de reconstruir esa plaza.

No hay comentarios: