Noche


Ni siquiera de espinas. Voy cargando las cruces de mi pasado. Aquellas que soporto, aunque no representen mi presente. Ando encorvado cargando pesos ajenos, la suerte muda del grito no dicho; la mugre que se esconde en los bolsillos, un cuello sin planchar y muchos diezcentavos acorralados en el alma que me llenan el pecho de cobre.
Las angustias pasadas giran el picaporte y se asoman para espiar las sonrisas dentro del cuarto, que tímidas, se ahogan en su silencio sepulcral dando por vencedores a los miedos sin que estos aparezcan en escena.
Será que no hay lira con reminiscencia de alegría plena; será, tal vez, aquella otredad intrínseca que desquicia las articulaciones, las miradas en los espejos. Será no ser el primer número primo.
Las suelas desfiguran los barros y no hay charco que las limpie. Los pasos acobardados poco saben de avances y mueren en la inanición de la quietud o en el suicidio del retroceso.
Suerte que aún quedan tantas sombras donde refugiarse, tanto rincón sin descubrir que sirve de albergue para el agua. Suerte que aún existe tanta biblioteca que hospeda mundos. Suerte que aún estoy y estamos, en un ciclo absurdo de nuestros haceres, en un eterno retorno de los errores más filosos.
Rompo el espesor de mis almohadas, dónde aún siguen apiladas las utopías, solo para desempolvarlas y mirarlas. Acostarme y darles la espalda, bajando la persiana de mis pupilas. Regalándole a la noche una última angustia, que se disolverá en la primer ducha matutina.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Siempre estaremos regalándole a cada noche una última angustia, hasta el punto crucial en que regalemos a la angustia una última noche.
En ese mientras tanto se consagra nuestra única y múltiple posibilidad, como ridícula paradoja de un sinsentido que sólo nosotros mismos podemos conjurar en el campo de juego, pensando que hay un partido en el que no nos sirve el empate.
Kurco