Es como un picado en Helguera y la inevitable voz que
pregona la llegada de un auto. Como ver en el césped a la franja dorada en el
pecho, con la humanizada rusticidad de Francisco de compañero, que en cada gol
apretaba los puños y hervía los pómulos.
Es como los sonidos de las baquetas colisionando entre ellas
que antecede al mimenor que da
comienzo a Luz. Como la rancia casaca oxidada celeste y blanca, que empilchaba
a los más pibes del viejo Rivas.
Quizás, a partir de ahora, sea como esa D faltante en la
madera de entrada a Directorio. Como las voces y las distintas contrariedades que
generaron aquella nube, alguno de los dos puntos más lejanos de la Tierra y un intento de raza
devenido en sátiro.
Es como el tren del Parque Avellaneda, su casona y su MutusEstVita.
Es como todo eso y a la vez como ninguno.
Es ese recuerdo que tan lejos de la tristeza te trasplanta,
eso que añorás desde la nostalgia más honda; lo que te roba una mueca parecida a una sonrisa. Es aquello con lo
que, desde la lejanía irremediable del paso del tiempo, quisieras volver a coexistir.
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