Sale profunda y muda la última bocanada. Casi como el final
del desaliento que la angustia le transmite a las palabras. Nace rota la melodía
caduca que desentona en los acordes más gastados que tiene en la repisa. Las letras
van ganando otoños en el amarillo de sus fondos.
Sueña el hombre que sentado en el cuero se ha perpetuado.
Yace con la parte externa de su tobillo derecho recostada sobre el muslo
izquierdo, formando un ángulo rectángulo, vértice en su rótula opuesta. Así, da
muerte a su acción, que encuentra el apocalipsis en las fronteras de sus lóbulos
parietales.
Entre misterios y grises se mueve el péndulo que ejerce a
oscuras detrás de sus párpados, aquel que a veces oficia de badajo cuando el
estruendo deja sonando las sienes. No sabe si son dolencias, hastíos o
solamente la necesidad interna de exteriorizar los desechos más arraigados.
Reconoce y hasta alimenta una realidad que poco le
reconforta y en la contradicción más punzante, lo deja contento; en una especie
de placer agridulce.
Poco le dicen las horizontalidades, tanto menos las
verticales. Sigue dibujando en su imaginación más reprimida las oscilaciones que
se acercan y alejan del firmamento, de la tierra, del firmamento, de la tierra…
firmamento… tierra.
Se imagina, del otro lado de la cama, a la suerte contrayéndose
en una carcajada eterna, con la boca ensanchada por la mueca que desforma la
alegría.
Con desconfianza, sigue vacilando en los negros más espesos,
en las sombras densas, en su quietud que se desenvuelve acompañada por la peor
de las soledades, aquella que solamente brinda con otro con el que no desea
verse reflejado.
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