Tal veces

Si pudiera explicarlo, lo escribiría.
Como una suerte lenta de acciones que poco entiende de fronteras, porque poco sabe de límites.  Es que si conociera la forma, juro que lo lloraría, pero no se si el fundamento será basto para mantener en pie la lágrima.
De poder asociarlo encontraría al sentimiento más próximo al mundo, no tan platónico, no tan intangible, ni tan perfecto.
Sueño tantas veces con la pluralidad de sus afirmaciones y caigo en las múltiples pesadillas de sus negaciones; sufro sus rostros mixtos, me castigo con el último:

<…temo que tu recuerdo parpadee, que el reverso de tus ojos me olvide; dudo que tu almohada te hable de mi, mucho menos de un nosotros que jamás existió, que jamás existirá…>


Me divierto supurando rencores ausentes, relamiendo los sobornos que le ofrezco a mi núcleo para que bombee la sangre de una herida que no es tal. He ahí el origen, el génesis mismo de este yo.
Siento el deber de no corregirme, porque hacerlo supone revisar, volver y, consecuentemente, sentir distinto. La pulsión viene de la mano del momento, la corrección de la reflexión. Cansado de pensar en los restos, dejo que mis letras naden libremente, en una independencia casi absoluta,  voces que se hacen tan mías como ajenas.
Firmo solamente con un punto, a modo de despedida, que mucho más es lo que dice que lo que calla. Cierro con la ínfima partícula del y aparte, para que me encuentres perdido en esa eternidad infinita que nos separa de otro cercano escrito, de mi siguiente anexo, de un próximo manual sin índice, con letras cargadas de mí, te vez de vos… tal vez no.