Autorías


En la opacidad del azar confío mi suerte.

Redundancia de un laberinto que carece de salida. Hijo de Pasífae, recorro los muertos que fui dejando, aquellos que supieron alimentar pero que hoy sobresalen por el olor de la putrefacción. Sin Teseo que me libere de la casa del maestro, de esas paralelas y perpendiculares sin rostro. De ese camino nefasto del no saber.
En la naturaleza del mito me establezco, me hago carne. Y en esa muerte eterna que es la inmortalidad, permaneceré hasta que alguien decida olvidarme; será el otoño de alguno de mis yoes. Asterión, Hércules, Eros, Rómulo y Remo, Minerva, Palas.
Voy sintiendo que me pierdo en la virtualidad, que resucito deformado en la necesidad de un arte demasiado azucarado. La pluralidad de mis caras, de las que los otros me ofrecen en las máscaras que me imponen.
Carezco de discípulo que pretenda dedicarme una apología. Hago pendular mi postura según convenga a mi argumento -materialidad, inteligibilidad, deber, placer, espíritus animales, imperativo categórico, mera interpretación-, pero también callo de ser necesario. Posiblemente ningún yeso ni mármol perpetúen mi sombra, quizás apenas deje unos tantos manchones de tinta perdidos en papel viejo. De hecho, quizás pocos noten mi presencia, y, necesariamente, mi futura (y espero lejana) ausencia.

En la oscuridad de la fortuna escondo mi sino.
Será que los condicionales determinan; y cargo ya tantas condenas inapelables por el mero hecho de ser, que dejo que la eventualidad me muestre el camino, solo para eventualmente encontrarme conmigo y entender que poco confío en los acasos posibles, que no tengo ni laberinto ni caverna y que tras mi muerte no habrá Jorge Luis que estampe su autógrafo en la lápida del fin de mi historia.
En consecuencia, voy poniéndome la firma debajo, pare recordar quién arma las causas de muchas de mis casualidades.

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