Para sincerarme, hace tiempo que no entiendo. Que ensayo casi a
ciegas el deporte de transcurrir. Van varios relojes que las sábanas
poco me cuentan, que las lunas me saben a poco y que la lejanía no es
más que una suerte de circunstancia inoportuna, pero eterna.
Varios
inviernos llevo barriendo las hojas emancipadas que desprende mi
sombra. No llevo espada y mucho menos armadura, pero encontré lo que
nunca, la intención de hacer guerra a esta paz ridícula; porque poco
entiendo ya de suertes, menos aún de coincidencias.
Que la
quietud se parece mucho a la muerte, me repetían los sermones que
crecían de la mano de mi adolescencia. Debe ser que ando cansado de
competirle a la parca en una siesta eterna de vigilias parciales; debe
ser que ando cansado de querer encontrarme con colores mientras me
mantengo parado en el tablero de ajedrez.
Tanta nada acumulada,
gastada, asumida, que al verla me obsequia una reminiscencia de las más
punzantes, se clava en el centro del vacío, ahí donde nada debería
doler, pero nada cumple la regla.
Me pregunto si habrá vacíos más grandes que otros, me respondo
con una inhalación que parece decirme todo. Con una respuesta oxigenada
cargada de aquellos (si es que cuentan con una pluralidad) de todos los
tamaños posibles. Sus propiedades no solo varían en cuestiones de
tamaño, pareciera que todo los que pueda mesurarse forma parte de sus
características. Tienen un tiempo, un peso, irónicamente un cuerpo.
Forman parte de un espacio, aunque no ocupen parte de él.
Sin dejarme de mover ni de esperar, cierro los ojos, aprieto los
dientes y escribo, ratificando que siempre habrá mucho más hoy que
mañana.
1 comentario:
Me saco el sombrero. Ya se, soy tu mama y no me crees pero es maravilloso
Publicar un comentario