Orden

No es que no muera en cada parpadeo, pero tampoco es que viva cada vez que mis ojos están de turno.
La mera postulación de un hecho (o cosa) no le confiere realidad ontológica a dicha aclamación. No por respirar sobrevivo, no por creer en mis mentiras voy a ser sincero.
Esos seres y haceres de los que formo parte, arman un gran puzzle de lo que será una imagen mía. Quizás desde un solo plano, sin perspectivas distintas, con una dimensión menos que en la realidad. Plano sobre el vidrio y cada pieza que encastra justo con su contigua. Los blancos se van llenando y ahí voy quedando completo, al menos en una visión provisoria.
Las manos que me arman no cargan anillos, pero el callo se disfraza de azul lavable y algún blanco tímido, casi gaseoso, decora las mangas.
En una melodía caprichosa, intermitente música clásica desfigurada con los cuatro acordes de un rocanrol de plaza y cordón. Diestra y zurda, también con la discontinuidad que cada proceder lo necesite.
Marco dorado de fondo G-15, lonas blancas, cepillo con desordenes -y alguna pincelada sin melanina-, rodillas con cargas opuestas, pinzas pequeñas y toscas, un castaño despigmentado en mancha verde claro, 40/41 e infinidad de números que describen multiplicidad de aristas en mi organismo.
Hijo, hermano, amigo, amante, nieto, sobrino, primo, ahijado, cuñado, tío segundo y algunos más.
Oculto escondites comunes, lejanos, tortuosos para algunos; se hacen adicciones. Las sombras, los espejos y los relojes, las caras y sus máscaras, los finales sin comienzo. Las inteligencias (suponiendo su carácter múltiple, más por convención que convicción).
Producto del asfalto y su víctima. Hijo del cielo raso y las paredes sin claustrofobia. Blanco del ataque de Columba y su parentesco.
Camino entre ficciones y otras inquisiciones, con una vuelta al día en ochenta mundos, no muy lejos de los siete locos y cada vez más distanciado del otoño del patriarca. Sin temor a las hojas, disfrutando de las tintas.
Con la contradicción tatuada y a simple vista, lucha entre lo eterno y lo efímero, entre la razón y el sentimiento que atraviesa en amarillo el pecho.
Mera conjunción del verbo hecho carne y hueso, con la ignorancia sobre la existencia del alma, de lo otro, de una metafísica que exceda lo interpretativo. Hijo desheredado de la tradición socrática, expulsado de la academia, por motu proprio.
Me construyo cada mañana, entre las telas del día, con sol o sin él. Conmigo mismo. Me armo de pie y lo racionalizo una vez que borré el vapor del espejo, una vez que privé a mi piel de la libertad; una vez que de la lobreguez paso a la luz, hasta que algún día -y ya sin que la voluntad intervenga- me tome una licencia sin interrupciones.

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