Quema tus ansias, tu cruz y tu estrella, cabalga en tu naturaleza próxima, tu animalidad visceral que absorbe razón.
Vas, apéndice inextirpable del mundo, sin verdades opacas atiborradas, dejando al alma carente de grafemas escondidos. Maquillaje de un pasado olvidable y de un futuro inimaginable; aún peor: de un presente corroído y abandonado.
Observo las llagas intermitentes sobre tu dermis, vestigios de la agonía que de a poco de amarillenta. Te viste de telas -y culpas- y con ellas secas tu rostro, sin siquiera aproximarte a un bosquejo del manto sagrado original. Ni animal político, ni simbólico, pero tampoco la mera realidad rebajada; suerte que sufre el alma de una dama que precede al concilio de Trento. Quizá, pura racionalidad imperfectamente traducida, sin alma. Parte corpórea ponderada, fetiche e inmortalidad que se graba; que obtiene individualidad en la naturaleza inerte de tu firma.
Vestís esas cicatrices perennes, que cargan tus multiples otoños. Intimidad violada en tu uso, paz momentánea en tu reposo.
Exhala, inhala. Respira y vuelve a ahogarte. Nuevamente respira y no mueras; que ni binomio ni representación insensible de tu inteligibilidad, arruinarán la pureza de tu belleza. Tu identidad cambiante que transformamos en propia; tu infinitud, la yerra en las sienes.
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