Quizás las lágrimas la habían vaciado tanto que no tuvo fuerzas para seguir jugando a ser puramente ella. Tal vez nadie la convenció de lo contrario. Camina ahora, pelusa y enfermera, con las piernas rotas ya sin las telas rosas que odiaba y amaba sin contradicción alguna.
Salgo poco cocido del horno juzgando solamente el olor desagradable de la doxa, del sonido perturbador del bla bla bla.
Un poco me entristece, otro tanto abro las piernas y dejo pasar la pelota esperando que otro defina con más claridad, más cerca de un arco que no veo.
Solamente ataca el ruido que mi cabeza imagina, de un suelo sin público siendo atacado por su calzado, pero ya sin punta.
Yeso en sus manos, no en sus pies.
No hay comentarios:
Publicar un comentario