Shanti Nilaya

Hasta el silencio más profundo me agota. Las letras -incluso las mías, sobretodo las mías- me cansan. Son cadenas, sogas que me atan a una condena insuperable: la autoimpuesta. De todas formas ahí están, para salvarme, para expulsar podredumbre estancada, para soltar perfumes recién elaborados, para cosechar miserias y victorias; opuestas y afines a mí están.
Sangro por las cicatrices ya cerradas y las más recientes, las frescas son las que me dan vida, me hacen sentir vivo, expuesto, mío. Pertenezco a mi, a circunstancia -diría alguno que sabe más- soy eso. ¿Soy eso? ¿Soy siquiera algo? Ahí penetro mi papel, disuelvo mi tinta y vomito, estornudo, babeo palabras que van para vos, para ella y para él; para un dios y un diablo, para la penumbra y lo lumínico, para saltar y caer de pie, para sobrevivir. Porque a fin de cuentas, existo gracias a varias circunstancias, pero persisto -sobretodo- por mi, por el sueño de ser mi mejor yo, rodeado de interlocutores equis, que me leen o me ignoran, pero siempre sabiendo que puedo alcanzar una mejor versión de mi mismo.
Gracias Shanti Nilaya, siempre nos redescubrimos.

1 comentario:

sd dijo...

Como suspiros entre los gritos de tantos mudos.

Como asterión, no sabemos querer escapar.
Y es la prosa, nuestro Teseo, la muerte y liberación.