Me senté otra vez a hablar conmigo mismo, otra vez discutimos, esta vez sin reconciliación. Nos fuimos a dormir enojados, espalda con espalda, el odio enfrentado. Creo que en medio del sueño profundo nuestros cuerpos también pelearon, el espejo me lo contó al otro día. Las sábanas fueron testigo de una lucha inconsciente, quedando escondidas en el infierno de mi sommier.
Los párpados aburridos de estar quietos jugaron con la escasa luz que entra en mi dormitorio. El aire seguía tenso, sucio, insoportable. Ese recipiente con agua, instrumento deslizador de ibuprofeno, se encontraba viciado, burbujas lo poblaban.
Seguía con la nuca apuntándome, sin saber que yo ya no estaba en la otra mitad de la cama. Ninguna nota explicaba mi ausencia, ninguna taza demostraba empíricamente un desayuno previo al escape. Me sentí triste.
Me busqué.
La casa se reía desordenada y ausente de mí. Parado, solo, conmigo mismo, sin mí. No estoy, no soy, apenas mi cárcel corpórea que me sigue buscando.
La pava chifla, al agua llena la calabaza ahuecada rellena de hierbas, sobresale la bombilla, el primer sorbo quema.
Relajado en mi sillón tomo un libro, mis ojos disfrutan las primeras letras, mis ojos lloran: me reencontré conmigo.
1 comentario:
Siempre es un placer leerte. Creo que ese es el motivo por el cual no paso seguido por aca.-
Saludos.-
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