Yo soy; Tú eres (los demás es irrelevante)

Disonantes, a destiempo, fuera de ritmo. Quizás bailamos así, o tal vez simplemente la pista fue demasiado grande. Nos perdimos en la multitud, que agresiva con sus pasos, se reía de la desaliñada forma en la que nos movíamos.

Las manos estiradas mostraban la intención (aunque sea corporal) de acercarnos, pero el tiempo fue asesino, es homicida. El reloj, viejo fetiche y eterno enemigo, reaparece con plumas de fuego e incendia los papeles posibles. Los ojos tristes dejan de mirarse, la alegría desmedida se disuelve con saliva extraña, ajena.

Firmas mentirosas, escritores escudo que te sirven de arma para decirme una vez más lo que alguna vez ya te escuché. Cierro los ojos y veo la fractura pero no el yeso, veo la venda tirada y vos ahí inmóvil esperando que yo mueva primero.

Otra vez te tocan malas cartas e imaginás que los otros tienen tres anchos de espadas, las tirás sobre la mesa y te refugias en historias ajenas o en alguna nueva tuya, esas de las que a veces te sabés inventar A veces demasiada luz impide una visión clara, aún peor que la oscuridad. El tiempo enseña, la lamentable verdad de que no somos los mejores, que siempre puede haber alguien que nos supere. Ser único no siempre significa ser el mejor, ser el mejor a veces te aleja de los defectos preciosos que nos regala la vida. La cuestión yace una vez más en ser (y nunca dejar de serlo).

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