Difícil sobornar a los eneros que se empecinan en vaciar de melanina esta melena de león sin reinado. Cada vez más tedioso seguir el ritmo que propone el viaje interminable de las eternas sortijas, de corceles aún inquebrantables, de vehículos que levitan ascendiendo y descendiendo acompañando el electrocardiograma que dibujan los parlantes saturados de agudos y algún cariado juego de luces.
Quizás con algunos onces menos en los relojes, se me antojaría pintoresca la complicación insalvable, la simpleza escondida; la conjugación de ambas, perdida entre las sinapsis de mis auriculares. Tanto descanso divino rasgado, séptimo día corrompido en la espera ridícula, desnuda, de las quince:veintitres, veinticuatro, veinticinco.
Oráculo que me bautiza Protesilao y al mismo tiempo me susurra Héctor al oído.
Interminables los castigos de la nostalgia, látigo de muchas puntas que se hunden en la carne del recuerdo, que sacan sangre espesa y oscura (cargada de sombras), que reúne a los hábitos carroñeros y los deja alimentarse de mis restos.
Difícil saborear otra vez los mayos que se esfuerzan por sacar los revoques del pecho, dejando salir la humedad. Cada vez más adicto de las suposiciones, de la culpa, de la calle de los suspiros... esa que se quedó con el último.
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