Las narices protestan y las bocas poco dicen, nadie se manifiesta y a muy pocos les importa, pero el hedor profundo de la descomposición traza un hueco en el espacio, en el tiempo y en las almas.
Se murmuran adicciones superficiales al reloj y las agujas se clavan en la carne; en el sentimiento -hoja ocre que baila en la melodía de un soplido, en las aguas del viento-; y la absurda convicción de suponer efímeros ciertos perfumes no gratos que habitan en los rincones, en las esquinas perdidas, ocultas tras el trazo firme de lo que el olfato percibió.
La confusión lleva a una sinestesia perfecta de emociones, las salidas pierden vigencia y ahora las fragancias asfixian, nadie puede escapar, salvo aquellos que en la frescura de la sombra aguardaron el momento exacto de ser luz.
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