Un día

Se pueden ver las goteras, se filtran rebeldes algunas pequeñas cuotas de lo que supo ser. Sin angustias, sin la necesidad trunca de un abrazo fuera de la fecha de vencimiento.
No hay historias ausentes en los manuales, las que faltan poco importan o fueron olvidadas pasando a su naturaleza más próxima, ser historia.
Parten partes del pasado que sobrevolaban, como el polvo en los rincones más perdidos de una habitación poco frecuentada y a la vez tan poblada de yoes.
Caen los próceres, la estatuas van perdiendo su forma, su verdad, se desfiguran con el olvido masivo de los ojos que las evitan. Caen en muerte rotunda los pájaros encerrados, cansados de ver tanto cielo que les es prohibido.
La mañana desprende ese perfume característico de ella, suelta las esporas densas en el aire, lo vicia con verdes u otoños; cualquier momento de la vida que esté padeciendo el alba.
Ahí donde las trincheras son naturales, sin guerras, con la felicidad plena de esconderse; sin escapar escudado tras la soledad tan parecida a la nada, tan igual al inconformismo.
Plagado de adioses, el sol vuelve a su morada, tan harto de repetir siempre la misma salida en cada nueva jornada, sumamente feliz de de tener harta cantidad de horas para cranear un nuevo aparecer.

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