Jn 1, 1-11

Los resabios de la conciencia impertinente reaparecen con el alba cansada, decolorada de sentimientos que subyacen en la vigilia de las sombras.
Muerte súbita del coma natural.
Marca tarjeta el sol, vuelven a dormir siestas -de a segundos- los párpados. Alguna almohada aún inquieta dibuja pinceladas abstractas en el reverso de las retinas con óleo espeso, alquitrán que queda adherido a los pensamientos del reloj.
Rotación, traslación.
Los adoquines maltratan a mis callosidades, que maltratan a mis pies, que maltratan a mi postura, que me maltrata. Las horas, los minutos y otra vez la impertinencia colectiva de los pensamientos menos adecuados, de los sentimientos menos ruidosos; consecuentes con mis realidades.
Algunas máscaras decoran, otras son funcionales y otras tantas desvirtúan, mintiéndole a todos (salvando a los espejos, que todo lo notan).
Abro mi libro sagrado, pero los versículos nada me dicen; no escribo de parábolas, ni de milagros, ni de mesías, ni siquiera de mí. Es quizás una suerte de evangelio que lleva mi nombre, como el mismísimo discípulo, más no relato mi historia. Elijo la de otro, una más divertida de contar; -a la vez- tan parecida a la mía, que debería consultar con el oráculo que habita en el cristal que todo refleja, por la veracidad de las hipocresías.
Por eso voy lagrimeando en la tristeza de tus ojos, carcajeando en tu sonrisa. Liberándome en las voces ajenas que me hacen otro. En lo ajeno que me distingue, en la oscuridad, en la belleza inconmensurable de la luna, en los fantasmas amigos, en lo que siempre fui y en lo casi siempre dejo de ser.

No hay comentarios: