No tengo otra palabra que ofrecerte, me dijo.
(La conversación parecía no tener flujo más que la insana repetición del monosílabo)
Pero sabes que odio esa palabra! Repliqué hasta el desconsuelo.
No tengo otra palabra que…
La frase acabó inconclusa ante la irrupción de aquel océano doliente por duplicado;
la pena una, infinita, contradiciendo las tres letras malditas.
Me sujeté el pecho con una mano, que por un instante fue negra, filosa, larvaria, evocando inéditas metamorfosis kafkianas, y todo pareció rodar dentro; luego el desamparo creció desde un minúsculo rincón entre las costillas hasta poseernos por completo a ella y a mí. Pánico. La desventaja mayor del exilio fue la falta de eco a mis plegarias, y comprendí que el desahucio del paraíso no era sino la espalda de un Dios sin indulgencia.
Nadie hizo caso a la impronta de mi cuerpo contra el piso. Y desde allí, nauseosa y febril, pude ver sobre el espejo, cómo ella también daba la vuelta y se marchaba.
1 comentario:
Not such healthy envy
...Cuidando el rebaño
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