Quimeras

El fondo blanco me lo decía, no había duda: “Es un sueño, es un sueño”. Pero no volvía. Todo en blanco y yo paradito, ahí, totalmente en pelotas. Literal y figurativamente, en bolas.
No sabía si ese blanco era transitable, si el mero movimientos de mis pies me condenaría a la caída abrupta e interminable en un abismo sin abismo. Me imaginaba cayendo, sin otro tipo de descripción posible: la sensación de caer y yo sintiéndola.
No hay espacio, ni de tiempo, ni de lugar; ese blanco circundante era más bien un blanco nada, como la representación caricaturesca de la mismísima ausencia de todo. Mi carrera jamás terminada (y apenas empezada) comenzó la tortura. La nada, ¿es o no es?; ¿se podría llegar a decir, que estoy soñando nada? Definitivamente soñar nada, le confiere -al menos en mi inconciente- una realidad ontológica a la antagonista del todo; de otra forma, me hubiera preguntado si existe la posibilidad de no soñar nada en lugar de pensarlo afirmativamente.
La impresión de nada me lo decía, no había duda: “Es un sueño, es un sueño”. Pero no volvía. Giré sobre el eje de mis pies, muy lentamente para no caerme en ese abismo nadal y observé el primer algo: un poco de luz. Imposible si quisiera describir como la nada de repente se iluminó. (Sospecho que en alguna circunstancia parecida, hace muchos sueños atrás, alguien creyó sentir lo mismo, creando así el conocido “Surgió de la nada”); lo realmente cierto fue que caminé, el miedo a caer no estaba, no lo recordaba, como si nunca hubiera existido, ni en esa nada ni en mí.
Así, como en cualquier sueño, supuse que al llegar a destino, la realidad onírica comenzaría a borrarse paulatinamente, los ruidos citadinos destrozarían la nada lumínica y mi cuerpo volvería a creer que es independiente o al menos que no volvería a ser preso de su mente. Sin embargo ahí estaba, parado frente a la luz, o más bien a la parte más iluminada del blanco, de una inadmisible descripción fiel. Era un blanco más blanco, más puro, más… encendido.
La luz me lo decía, no había duda: “Es un sueño, es un sueño”. Pero no volvía. Desnudo, más la nada, más la luz, más el despertar inminente y la falta de resolución a un problema inexistente que agobiaba la parte más conciente del sueño si es que alguna posee.
Lo decidí sin pensar, casi como sabiendo que era lo único factible. Me acerqué y abrí la luz, me metí dentro; un parto en rebobinado. Salí del otro lado, ahora vestido, abrigado. Los cuchillos vuelan fríos y no satisfactorios contra mi pecho, pero no se clavan, hacen cosquillas y se van. Celeste arriba y marrón abajo, solo cielo y tierra y yo.
EL cielo y la tierra me lo decían, no había duda: “Es un sueño, es un sueño”. Pero no volvía. Caminé recorriendo el terroso terreno y sintiendo los sabores del aire, los perfumes de las nubes y la sensación inexplicable de vivir. Un espejo apareció en el fondo, mi reflejo se reía de mí. Estaba ahí enfrentándome a punto de soltar la primer lágrima, justo cuando del otro lado del vidrio se asomó la vida y me lo dijo sin dudas: “No es un sueño, no es un sueño”.
Corrí mis miedos y seguí caminando, solo para ver que más hay.

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