Levanto la mano para poder distinguir mejor esa imagen. Eclipse de un sol de bajo consumo. Esa luz blanca traspasa el film impreso y permite a mi retina distinguir una figura conocida que mi cerebro ya procesa.
Niño que recuerdo, pero que jamás conocí. Flequillo recto, pulseras brillantes, pantalón demasiado corto, excesivos abrigos y zapatos Guillermina. Estoy seguro de haberlo visto miles de veces. Dicha imagen enmarcada en cartón vuelve a su sitio dejando el lugar al papel impreso que me da una nueva pintura, más familiar, más acorde al presente, más acorde a él e inclusive más acorde a mí.
Sentado sobre lo que quizás fue su primer auto distingo su cara actual perfectamente, demasiado flaco quizás, el mismo peinado aunque menos canoso, o seguramente con menos experiencia.
De esa foto en adelante mi recuerdo de él -incluso su presente- aparecen acompañados por alguien más, la soledad que aquellos retratos le conferían queda a un lado para que una nueva persona, que también reconozco, juegue papeles protagónicos en su obra. Disfrazados de Capuletos y Montescos reviven aquella historia romántica tan solo por diversión o la circularidad platónica del tiempo se hace carne en ellos.
Cualquier descripción que quisiera realizar se vería viciada por la subjetividad inseparable de los criterios humanos, aunque pareciera que muchas de sus virtudes se desprenden de análisis puros, objetivos.
Orador por excelencia, monstruo del ejemplo y gigante de la metáfora. Escribe lo que piensa con un arte supremo, habla ejemplificando de manera excelsa, piensa con la destreza de un sabio y aplica todo eso a su forma de vivir sin contradecirse casi en nada.
Alguna vez aceptó una frase que pronuncié pero que jamás siguió, porque la mera resignación conformista de la suficiencia era poco para él, cree que es poco para muchos. Enseña con sus actos que siempre se puede ser mejor, aunque ya seas lo suficiente.
Viven en armonía, él y ella como dioses del Olimpo que crean una nueva mitología que quizás sólo le interese a dos personas, que desde abajo miran admirados, sabiendo que son creaciones de aquellos seres endiosados.
Se que no es el mejor filósofo, ni el más grande escritor, reconozco que se equivoca y que deben existir mejores hombres, pero no tengo la menor duda y agradezco que sea como es; porque el pasado, presente y futuro me dan la razón: es mi mejor maestro.
1 comentario:
aguante tu papá, ortiva.
Publicar un comentario