Se achica de a poco mi recortada habitación.
Van poniéndose tímidas las persianas; mientras de fondo suena la canción nocturna de mi heladera. Cantan al compás los ruidos casi mudos de la bestia de ladrillos. Algún grito de vidrio y colores y sus respectivos flashes que alumbran lo espeso de la nocturnidad.
Se achica de a poco mi recortada sensación.
Los sentidos, tristes, van de huelga en huelga. La pancarta acusa queja a la emoción. Susurro nostálgico de una historia sin prócer ni victorias. Mástil a media asta que no lo izo yo y que lleva mucho más de tres días.
La memoria de los peces suele culparme y trae de a burbujas, pequeñas diapositivas de otros tiempos, ciertos fotogramas que levantan la puerta corriéndola de la bisagra dejando el camino abierto, desprotegido.
Alguna melodía que trae el sentido de la niebla, de los relojes cansados, de alacenas completas y frascos para infusión. Sensaciones de afterieight.
Se achica de a poco mi recortada omisión.
Y van. Acordes sin destino, sin sentidos aptos, con el yeso en el estribillo fracturado, con la lesión expuesta y el miedo de la lejanía cada vez más próximo.
Separados en la distancia profunda de no sabernos, me sumerjo, quizás sin superficie próxima, mas si perteneciendo a ese mar de fondo, a la intermitencia de pensarte y soñarte, esperarte.
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