Significado y significante, las carillas del papel, no permitían ningún tipo de separación; se cortaba de un lado e inevitablemente se hacía el mismo tajo del otro. Lo que el autor omitió -supongo intencionalmente- es la posibilidad de escribir de un lado de una hoja sin la necesidad de modificar su anverso.
Los opuestos llevan ese lazo indestructible de necesidad de existencia, pero sus lados admiten modificaciones varias, que permiten dudar sobre que sector del par nos encontramos. La misma analogía también cabe, el canto de una hoja es igual de delgado que el límite que linda entre contrarios.
Así el blanco y el negro conviven separados por un hilo de gris apenas distinguible, casi como un término medio de virtuosismo aristotélico deslindado de excesos. Así nuestra oscilación casi pendular entre los reveses de un mismo conjunto busca solamente hacer equilibrio en una superficie tan pequeña como inacabable, tan visible como difusa, tan palpable como inteligible. De una naturaleza extraña, al menos confusa.
Entre olvidos en el letos y purificaciones de un alma vil, los caballos opuestos también dudan sobre si subir o bajar, si encontrarse con espíritus animales o simplemente corresponder a algún imperativo categórico.
Van las musas temiendo mostrarse y nosotros temiéndole a los castigos divinos sin siquiera suponer que las divinidades tiemblan de terror cada vez que pasamos del respeto pavoroso a ignorarlos rotundamente, jamás encontrando el canto que separa lo inseparable, la convivencia de los opuestos en una armonía que en definitiva mezcla el cielo con negro y blanco; haciendo, que al mirar desde lejos, se puedan ver los grises.
1 comentario:
Me encanta tu INCREÍBLE capacidad de retorcer lo retorcido y dejar atónito al que lo lee. ¡Me encanta!
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