En el Olimpo se encontró meramente con el humo. Después de disfrazarse de titán y recorrer el ascendente desafío, sus ojos sufrieron el camino hacia abajo sin la dicha de una victoria.
Un suspiro -ajeno o propio- había desmaterializado, aparentemente, la herramienta de calor. Las manos vacías pero plagadas de llagas, emprendieron el discurso de la derrota. El tono melancólico se esparció por la región; Prometeo bajaba infiel a su historia, bajaba infiel a su nombre, tan fiel a su condición humana.
Aseguran que algún dios caprichoso le negó la pasión misma, la inmortalidad del nombre que se graba en la página perecedera, la imperfección hecha virtud en la conquista del imposible.
Los elementos lo burlaban; la tierra seca del Monte le secaba la garganta, el aire contraatacaba en los frentes menos sospechados y la lluvia -ladina- solo mojaba el recuerdo del cuarto faltante.
Así perdió su fuerza Prometeo, en la búsqueda infructífera. En un murmullo de fuego, en la sospecha de una lumbre que supo hacer héroe del hombre; pero que hoy sentencia otra vez al barro, al comienzo y a reptar nuevamente en la oscuridad más profunda de su propia alma.
1 comentario:
La condena al perpetuo heroísmo es una muchísimo más pesada que la que empuja al barro y la sombra. Sobre todo si ésta es la del alma propia.
El héroe está limitado por el afuera al que es empujado desde la culpa del adentro, o de la incapacidad de hacerse dueño y responsable del propio placer.
Levanto mi copa agradeciendo a mi alegre cobardía, que me mantiene a salvo de quebrar mi lanza por cualquier sinsentido.
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