Apolo

Casi como una ofrenda, ella se despachó con un te quiero que lo descolocó.
Le calesiteaban las ideas y colgaba la frase en el hombro, con el peso sabroso de esa carga que a veces se disfruta.
Sonrió por un rato y luego siguió el camino que la despedida momentánea le designaba. Las astillas del banco de suplentes se le incrustaban haciendo insoportable la espera.
Va poniendo las fichas que tiene, no regala ninguna, tampoco apuesta al pleno. Dibuja la estrategia necesaria para que la bolita que gira no lo deje en cero, desnudo, desprotegido.
Caen las gotas desprolijas -las que algunos imploran, las que otros maldicen- solo para invocar otra vez el recuerdo de lo que nunca existió.
No encuentra puertas, ni verdades; aunque envidia a los que sí.
La imagen lenta se borronea, se esfuma, se pierde. Otra vez frente a frente (evocando un pasado cercano), esquematiza alguna confesión que alberga algún tipo de espera. Sigue emulando a su Zeus y regala sermones, se confiesa, sin querer, queriendo.
En definitiva, sigue escuchando voces, bocinas, gritos... esperando a Calíope que llegue en la ola del ruido para ponerle melodía en los oídos; para que una caricia lo saque definitivamente del castigo de una mortalidad provisoria que lo condena.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Las astillas del banco de suplentes... Qué buena imagen!
Ahora va una pregunta: a los que están precalentando para entrar a jugar...no se les clavan, no?

Juan dijo...

Imagino que alguno correrá con la astilla clavada de una sentada previa al calentamiento. Otros, en peores condiciones, correr mirando de reojo el juego, con la incertidumbre odiosa que el cincuenta y cincuenta les genera. Ahí cerquita, a punto de entrar; ahí tan lejos, volviendo sin transpirar.