Cosa linda me trajo la vida

Se acomodaba con la punta de los dedos, el flequillo intruso que invadía su mejilla. Lo reposaba detrás de la oreja mientras entre el anular y el índice de su otra mano hacía bailar a las cenizas que planeaban. La mesada de la cocina era su silla y la espalda sin respaldo, no se lo agradecía.
La comida humeaba en su incubadora mientras el cucharón de madera se mareaba dentro de ella. Las dos lo miraban realizar su arte, expectantes a sentirlo, saborearlo, devorarlo. La conversación se paseaba entre el humo que giraba y las risas perdidas detrás de un comentario absurdo. Aparentemente ningún motivo propinaba la felicidad que envolvía ese ambiente de la casa.
El piso mitad negro mitad gris lo distraía y el revoque ausente lo invitaba a soñarlo pintado de amarillos. El amargo manchado con gaseosa propuso el brindis por la alegría de vivir, sonaron fuertes los bazos. El primer tenedor se hundió en el plato terracota y la primer porción de alimento comenzó el proceso digestivo.
Hablaron, comieron, enmudecieron, rieron y entristecieron, ordenaron, lavaron. El pasillo improvisado se convirtió repentinamente en el único espacio habitado de la casa. La luz del baño fue solicitada y las dos habitaciones ocupadas. El tele se encendía y la mano del cocinero buscaba el cambiador que se reía debajo de la colcha escondido. Los flashes televisivos confundían ridiculeces, casacas, dibujos, subtitulados y al fin la pantalla en negro.
El y ella cubiertos por diversas telas, piel con piel, un beso, la momentánea despedida: el "hasta mañana". Cinco letras regalaron cariño y la reciprocidad lo devolvió.
El reloj jugó y todo cambió. "Deberían inventar algo que detenga los momentos" pensó él al cabo de un tiempo, mientras se acostaba y se tapaba buscando el control remoto, sintiendo que había demasiada cama a su alrededor.

No hay comentarios: