Cerdos y flores

Un grito fuerte -aunque interno- deshilachó mis cuerdas vocales; ahora vibran doloridas en mi garguero, insonoras lloran mudas. La contra palma de mi mano evita la demostración empírica de aquel refrán jamás respetado. Detrás de mis sienes, la música que me dicta el masoquismo, aplica picanas sintácticas que duelen desde la nostalgia.
Sobre la mesa yace sucio el pequeño círculo rojo, el que a muchos hace sonreír y a mi tanto me entristece. Se seca la tinta de mis venas, se escapa. El cuerpo le recicla y la convierte en memoria espesa. No hay anzuelos que me tienten en la superficie, por eso el fondo me sienta bien.
Cruzo mi antebrazo frente a los ojos y lo recuesto sobre un salpicré de recuerdos. "Uno, dos, tres... cien". Miro y te veo sin esconderte. Mi motor de sonidos sigue estropeado y no puedo tocar la pared al grito de: "Pica a vos". Me seguís mirando como si no quisieras ganar el juego. Tu brazo ahora se recuesta en mi pared, no contás y yo corro, me escondo, me buscás, me descubrís, seguís de largo; te escondés, te busco y te encuentro, entrecruzo tus dedos con los míos -sólo el índice y el mayor - (nunca supimos caminar de la mano) y caminamos juntos sin mirarnos, sin hablarnos, sin recordar frases ancianas.
Seremos -quizás- una eterna parte de nuestro recuerdo, somos -tal vez- nuestra derrota más cercana. Pero, para mi, seremos siempre un ying-yang solo blanco con un pequeño punto negro, tan solo uno, que quizás juntos algún día borraremos.

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