Sobre la mesa yace sucio el pequeño círculo rojo, el que a muchos hace sonreír y a mi tanto me entristece. Se seca la tinta de mis venas, se escapa. El cuerpo le recicla y la convierte en memoria espesa. No hay anzuelos que me tienten en la superficie, por eso el fondo me sienta bien.
Cruzo mi antebrazo frente a los ojos y lo recuesto sobre un salpicré de recuerdos. "Uno, dos, tres... cien". Miro y te veo sin esconderte. Mi motor de sonidos sigue estropeado y no puedo tocar la pared al grito de: "Pica a vos". Me seguís mirando como si no quisieras ganar el juego. Tu brazo ahora se recuesta en mi pared, no contás y yo corro, me escondo, me buscás, me descubrís, seguís de largo; te escondés, te busco y te encuentro, entrecruzo tus dedos con los míos -sólo el índice y el mayor - (nunca supimos caminar de la mano) y caminamos juntos sin mirarnos, sin hablarnos, sin recordar frases ancianas.
Seremos -quizás- una eterna parte de nuestro recuerdo, somos -tal vez- nuestra derrota más cercana. Pero, para mi, seremos siempre un ying-yang solo blanco con un pequeño punto negro, tan solo uno, que quizás juntos algún día borraremos.
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