En el aire se puede sentir el olor a tinta de una lapicera a fuente. Los papeles arrugados, convertidos en esferas, viajan del escritorio al piso con demasiada facilidad.
La hoja en blanco frente a él espera ser acosada, desvirgada y hasta quizás asesinada. Las manos juegan con la fuente de ese perfume indeleble. Se miran casi como si hubiera un conexión entre sujeto y objeto. Este último se deja caer al piso, obligando a su dueño la flexión de su espalda, hasta el punto de sentir dolor. El piso frío lo recibe, él lo siente cálido a pesar que los tablones rugosos de la pinotea mal tratada, irradian frío.
Abraza el suelo y sus demases. La pluma queda perdida, llorando tintas negras en el rincón dónde todo se pierde. Desde ahí observa como su dueño -amigo quizás- la abandona, sin importar la unión mágica que supieron conseguir.
La caída desde el escritorio había sido letal, el golpe en su cabeza había generado una herida que no admitía sutura. La tinta corría por el lugar, se desangraba lentamente, sin la posibilidad de hacer notar su sufrimiento. Los cadáveres de papel nevegaban inconcientes por el pequeño río negro que recorría el delta de grietas en la madera. Juntos en el génesis y ahora en el apocalipsis, siempre Tinta&Papel.
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