Se escucha el estruendo y todos salen corriendo. Se repite la escena.
Las casas comienzan a ser abandonadas y los pobladores desertan quizás emulando a las golondrinas; aunque con resultados más nefastos.
Sus cuerpos cargan el peso de los víveres necesarios para algunos días. Otros más esperanzados buscan refugios cerca de lo que alguna vez supo ser su morada.
Los ruidos fuertes no cesan y los cadáveres empiezan a salir de las casas.
Yo piso fuerte sin darme cuenta que, una vez más, la naturaleza arrasó el hormiguero.
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