Ganarle al tiempo

Un día, 24 horas. Tan sólo eso era el tiempo que le quedaba a mi pobre humanidad. Pasado ese lapso abandonaría este mundo o al menos eso suponía yo.

El problema que me aqueja desde chico se hizo cada vez más fuerte y rápidamente come dentro mío lo ultimo de fuerzas que me queda. La tristeza que me inunda desde adentro rebalsaba por los ojos cada vez que pensaba en el trágico final que me esperaba. Un consultorio frío que me encerraba y una tiesa camilla eran lo único que sentí detrás de mis lágrimas.

Un guardapolvo blanco de horrenda caligrafía intentaba convencerme que era una impresión equivocada la que yo tenía y que estaba completamente sano. Yo seguía pensando que veintidós años eran solo un cuarto de la vida que hubiera querido vivir.

El apestoso olor a hospital, a médicos y a remedios usurpaba la nariz de un cuerpo, que desconsolado caminaba hacia la calle en busca de un transporte que lo llevara a su lecho de muerte. Caras tristes, pálidas la de aquel último tachero y la mía. Conversaciones poco profundas e innumerables quejas ensuciaban el aire dentro de aquel taxi. En la esquina de casa pagué y me bajé. Entré y me desplomé sobre la cama aún sin hacer. No quise llamar a nadie, ni amigos, ni familiares, nadie debía enterarse que mi hora estaba por llegar.

Lloré y lloré.

Salí de mi casa fui a recorrer las tristes calles de aquel día lluvioso y sin pensar entré en el cine. Pasadas tres horas y media de haber salido de la clínica me di cuenta que el tiempo que me separaba del cielo, (¿o del infierno?) era cada vez más corto. Entré en el bar más cercano al cine y rompiendo después de quince años con mis ideas vegetarianas, me pedí un bife de chorizo con ensalada. Lo devoré.

Cincuenta pesos era todo lo que me quedaba hasta fin de mes y obviamente aunque no los gastara, el día treinta del mes nunca llegaría a mí. Me acerqué al quiosco y entre cigarrillos, golosinas y gaseosas maté una hora más de mi agonía. Tirado en la plaza, rodeado de fósiles de chocolate, miraba un picado que se había armado con nueve jugadores. Pedí permiso y me convertí en el décimo jugador. Jugué hasta que mis piernas no pudieron más y caí de rodillas en el arco, por lo que instantáneamente me convirtieron en el arquero. El referí marcó la hora y debajo de la luna cada uno disparó para su casa, menos yo que me quedaba mucha agonía por vivir.

Siete cuadras y dieciocho horas me separaban del cementerio, fui hasta allá. Elegí el lugar de mi entierro y me fui. Volví a la plaza y en un banco dormí un par de horas. Me desperté y el sol apenas asomaba por detrás de los edificios.

Ya era de día. La luz, los autos y la gente trabajando me distraían de mi objetivo, morir sin más remedio. Volví a mi casa.

Entre los muebles encontré una pizza petrificada que entre mis mordiscones y el microondas lograron ablandar. Quedaba cada vez menos tiempo y menos paciencia. Con diez horas de vida decidí disfrutar al máximo lo que quedaba. Recorrí lugares, visité amigos y con los últimos treinta pesos entré en el cabaret de la esquina.

Me quedaban dos horas después de todo eso. Necesitaba algo más. Sentía que había algo que podía hacer y que no había hecho, una suerte de misión que me había sido encomendada y nunca cumplida.

Pensé y sentí durante cuarenta minutos. Con menos de una hora y veinte de vida ya sabía que era lo que me faltaba. Necesitaba el intento de ganarle a mi enfermedad, la posibilidad de no ser destruido por eso que me aquejaba desde mi nacimiento. Sabía que podía vencerla.

Subí a la terraza de mi edificio y desde ahí observé como el asfalto saltó veinticuatro pisos para estrellarse contra mi cara, ganándonos así a mí y a mi circunstanca.

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